Por: Óscar Fernández Galíndez – Venezuela / Correo: osfernandezve@hotmail.com

Entendemos por placebo aquella sustancia por lo general usada en experimentos con medicamentos cuyo efecto sobre el organismo ya sea en animales y/o humanos resulta neutro y/o inicuo.

Por otra parte, se habla mucho del efecto placebo, es decir el cómo en algunas personas la sola creencia en el supuesto efecto curativo de una determinada sustancia aparentemente sanadora, pudiera propiciar sanaciones milagrosas. La metáfora que colocamos en el título de este artículo, se refiere a que el dinero como energía y como recurso de intercambio entre los seres humanos, no constituye la razón última de la felicidad de los mismos.

Por lo menos no de forma exclusiva. Si una persona no ha trabajado de forma consciente sus carencias internas, no logrará saciar con ninguna cantidad de dinero, lo que siente que le falta. Todos requerimos de dinero, pues es un recurso fundamental para lograr cumplir con nuestras necesidades básicas, pero no es el único y no debe ser visto como la razón de ser de nuestra existencia.

En una ocasión oí decir a una mujer que, si ella no tenía en su cartera cierta cantidad de dinero, era incapaz de salir a la calle. Si yo aplicará este principio, sería un recluso en mi hogar. He visto a muchas otras personas cambiar su estado de ánimo cuando se percatan que se quedaron sin dinero. Esto es comparable a qué nos molestáramos cada vez que la energía eléctrica o la conexión a internet se cae.

No podemos permitir que lo externo a nosotros que además es inconstante e irracional nos controle, lo cierto de todo esto es que poseer más dinero no garantiza en sí mismo  la felicidad. De allí que no es común ver a muchos millonarios suicidarse o vivir una vida vacía y sin sentido.

Diría algún humorista que desearía sufrir la abundancia del rico para poder decir luego que eso no es lo que necesita. Sin embargo, lo que aquí hay que destacar, es que el dinero sin consciencia es menos útil que la consciencia sin dinero.

La apariencia de esta vida de máscaras sugiere lo contrario pero la observación de una vida carente de sentido, en busca del placer a través de la acumulación del dinero, no da la felicidad. De igual modo aquel que ha dedicado su vida a la búsqueda de la verdad interna y ha dejado de lado el dinero, por considerarlo poco digno o innecesario, también es un ser pobre.

Aquel que es consciente de quién es, necesita del dinero para poder seguir su labor y avanzar en su proceso.  El ser que es despierto, entiende que el dinero es energía y que como tal responde a un libre flujo, y que este puede variar su intensidad y su frecuencia. El hecho de que esta energía esté más o menos presente en nuestras vidas puede ser por múltiples factores, sin embargo, la gran mayoría son auto bloqueos y/o programaciones que tenemos instaladas en nuestro sistema y de las cuales no nos percatamos de forma consciente.

En otros casos se deben a misiones de vida que deben pasar por un determinado tiempo por una experiencia de escasez. Para el ser despierto, que atraviesa por esta prueba sabe que su momento de abundancia llegará cuando la sincronicidad permita que lo suyo le llegue sin esfuerzo. Y en especial cuando a pesar de la escasez y la necesidad de recursos económicos, él o ella, ya sea un ser testigo de su vida y no un esclavo de sus emociones.

Es así que nace un maestro y es así como nos forman los maestros de la luz. Un ser de luz no es una persona hecha para este mundo, aunque viva y actúe en él. La luz ha de ser el norte de todos, pero para un ser que ha despertado en la luz, ya no existe más ni la oscuridad, ni la escasez ni el temor a nada y a nadie.

Sólo hay algo que nos guía y esto es, el cumplir con amor y obediencia a los designios del gran padre celestial del universo. Sólo eso y nada más.

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