Petroglifos. Revista Crítica Transdisciplinar 6(2):e060202 julio-diciembre 2023
ISSN: 2610-8186
https://petroglifosrevistacritica.org.ve/
Ensayo

Pubilecto: el valor oculto de la adolescencia

Pubilect: the hidden value of adolescence
1Psicólogo. Director Residencia Tremün, Federico Puga 702, Código Postal: 4510000, Santa Bárbara, Bio Bio, Chile.
*Correo electrónico: juanalbertocerdaguzman@gmail.com
Recibido: 10/07/2023 Aceptado: 27/09/2023 Publicado: 12/10/2023
RESUMEN

La adolescencia es un estadio del ciclo vital que ha sido categorizada por lo adultos como compleja, pero sin saber por qué; pareciera ser que es más sencillo juzgar desde lo que no se vive y quedarse en el discurso hegemónico superficial que no se apertura a problematizar, ni mucho menos incluir, variables de análisis que desafíen el estatus quo. La mirada sistémica nos invita a adoptar la adolescencia, ya no desde una lógica universal, sino como periodos diferenciados e influenciados por una narrativa contextual y una circunstancia sociohistórica. El objetivo de este ensayo es compartir con los lectores el desafío que implica trabajar con adolescentes, desde la psicología, en una sociedad que, históricamente, ha sido edificada y reproductora del adultocentrismo. Los autores que se nombran son una guía para encuadrar las diversas reflexiones que, por cierto, han emergido desde el propio ejercicio profesional.

Palabras clave: adolescencia, adultocentrismo, circunstancia histórica, parentalidad, sentido relacional
ABSTRACT

Adolescence is a stage of the life cycle that has been categorized by adults as complex, but without knowing why; it would seem that it is easier to judge from what is not lived and to remain in the superficial hegemonic discourse that does not open up to problematize, much less include, variables of analysis that challenge the status quo. The systemic view invites us to adopt adolescence, no longer from a universal logic, but as differentiated periods influenced by a contextual narrative and a socio-historical circumstance. The aim of this essay is to share with the readers the challenge of working with adolescents, from psychology, in a society that, historically, has been built and reproduced by adultcentrism. The authors named are a guide to frame the various reflections that, by the way, have emerged from the professional practice itself.

Key words: adolescence, adultcentrism, historical circumstance, parenthood, relational meaning

En la actualidad, es bastante difícil presentar la adolescencia debido a la cantidad de aproximaciones teóricas y prácticas que yacen en el campo de la psicología; no obstante, sería prudente comenzar con dos interrogantes no determinantes, pero sí importantes: 1) ¿Qué significa adolescencia? Y 2) ¿Qué complejidades contrae la adolescencia?

En cuanto a la primera pregunta, se podría indicar que adolescencia deriva del latín <<adolescens>> (joven) y <<adolescere>> (crecer); es una palabra que se utiliza para categorizar la transición secular que se logra al superar la infancia. Ahora bien, dicho periodo es un tanto complejo porque versa sobre el inicio de cambios corporales y emocionales que se articulan desde elementos biológicos y socioculturales, los cuales, además, van edificando y definiendo la identidad personal, o al menos eso es lo que se ha enseñado.

Maturana (2021), en su libro La Revolución Reflexiva, señala un elemento muy importante que a veces se olvida, y se expresa en plural porque es algo que abraza a todos los campos de estudio que tienen contacto con la adolescencia: “somos seres que no sólo provienen de un útero biológico, sino que también de uno social” (p.18). Este último es bastante significativo, pues las diferencias generacionales que se configuran desde una circunstancia histórica, la cual versa sobre una realidad política, económica, social, y tecnológica idiosincrásica, generan disonancia entre padres e hijos en lo que respecta a las nociones del mundo lo que, por supuesto, supone una barrera de comprensión y entendimiento mutuo; tiempo y experiencia, generalmente, son las turbulencias.

El siguiente texto no mantiene la pretensión de verdad, mas todo lo contrario, es una invitación a sumergirse en las profundidades, a veces corrientosas, de la adolescencia, eso sí, desde mi propia experiencia profesional. Por último, a modo de consideración, se espera que, en estas líneas, los lectores puedan encontrar, no tan solo acuerdos, sino también desacuerdos que, con ayuda de la reflexión empapada de sus respectivas áreas de estudio, amplíen con motivación y determinación los horizontes que atañen al campo de las ciencias humanas.

Siendo sincero con ustedes, pero también conmigo, trabajar con la población infanto-juvenil no estaba dentro de mis planes al iniciar mis estudios universitarios. Después de mucho tiempo, llegue a la conclusión de que asomarme a la posibilidad del fallo me atemorizaba. ¿Por qué?, pues los niños, niñas, adolescentes y jóvenes (desde ahora NNAJ) son desafiantes; en todo momento saturan nuestras teorías, técnicas y marcos conceptuales. Los adultos, por el contrario, son más predecibles debido al funcionamiento mecánico y concreto que asumen en su diario vivir. Por lo mismo, para los profesionales, y con esto me referiré a mi gremio, la psicología, es mucho más cómodo sentir que la metodología de trabajo, amparada en un paradigma en específico funciona, razón por la cual se mantienen distantes y reacios a sentirse frustrados o acercarse a la sensación de no ser lo suficientemente buenos en lo que hacen, dado que si se podría sentir, y de hecho ocurre, cuando se trabaja con menores. En estas circunstancias, pareciera ser que el ego profesional es mucho más grande que la humildad que se debiese asumir para admitir nuestro constante, por no decir eterno, desconocimiento.

Teniendo en cuenta lo anterior, ¿Cómo se puede hablar de adolescencia sin ser adolescente? Es bastante complejo, siempre y cuando nos refiramos al estado presente de las cosas, ya que en el instante no los somos propiamente tal, sin embargo, lo fuimos alguna vez, pero en otro contexto, uno muy diferente. Desde aquí quisiera iniciar esta conversación. No existe una adolescencia universal como tal, sino que han existido y existirán diferentes adolescencias; comunes en lo que respecta a la evolución física, pero siempre singulares desde su circunstancia sociohistorica. En este sentido, la evolución del ciclo vital es inherente a los cambios sociales, y todo cambio social trae consigo transformaciones: 1) culturales y 2) estructurales.

En mi ensayo “Trauma Relacional: Una Propuesta Sociopsicobiológica de la Psicopatología Evolutiva”, destaco, con ahínco, el papel fundamental de Margaret Mead en su idea de civilización: “el primer signo de civilización en una cultura antigua era un fémur que se había roto y luego sanado […] ayudar a alguien más en las dificultades es el punto donde comienza la civilización” (p.16) (Prieto Ortiz, 2020 en Cerda Guzmán, 2022). Ahora bien, ¿Qué se entiende por civilización? Y ¿Qué se entiende por cultura? En palabras simples, la civilización corresponde a una etapa avanzada que asumió la especie humana y que gracias a esto se fundan las sociedades; la territorialidad y el asentamiento se vuelven indispensables para poder tener actividades económicas, políticas y culturales. Por consiguiente, en cuanto a la cultura, podemos entenderla como el conjunto de conocimientos, creencias, valores, costumbres, prácticas, expresiones, instituciones y logros materiales que caracterizan a un grupo humano específico.

¿Lo anterior tiene alguna relevancia? La respuesta es sí. La acción del lenguaje es fundamental para definir y redefinir la realidad mediante nuevos conceptos abstractos que intentan sostener las complejidades de un mundo supuestamente objetivo. Por lo mismo, el lenguaje de un adulto no es, ni será, el mismo que el de un adolescente. Esto ocurre, no tan solo por la diferencia de edad, sino por la velocidad con la que evolucionan los medios que permiten tener acceso a las diversas fuentes de información como también a la misma información. La sintaxis, semántica y pragmática permiten la aclimatación de hábitos de funcionamiento que, con o sin esfuerzo, los integrantes de un grupo van asumiendo; de ahí surgen los criterios para establecer lo normal y anormal del comportamiento. Una vez considerado esto, me permito exponer parte de mi experiencia con adolescentes desde la psicología, no necesariamente desde su vertiente psicoterapéutica, ni mucho menos desde el conservadurismo intelectual que la caracteriza, sino que desde la misma entrega contextual que da paso a la vivencia.

Los adultos, en el mundo parental y profesional, tienen un serio problema al acercarse a los adolescentes, este es que no saben leerlos. Así de claro, no saben leerlos. ¿A qué me refiero con esto? Nos vamos quedando atrás con actualizaciones que se circunscriben al desarrollo de todo adolescente, es decir, sus intereses tales como: música, películas, caricaturas, series, jergas, aspiraciones, motivaciones, entre otras cosas; inmediatamente se provoca un distanciamiento si no nos adentramos a estos elementos como tal, por lo que no entenderemos del todo cuando estos nos expresen algo. Dichos elementos son importantes en lo que respecta a la vinculación, es más, quisiera destacar esto último, con los adolescentes debemos ser muy cuidadosos, sobre todo con aquello que no nos pertenece, pues su confianza, la cual vale oro, toma bastante tiempo conseguirla, no así perderla.

Es en este sentido que nosotros, los adultos, debemos perfeccionar nuestra condición de testigos y embeber nuestra praxis en pasiones fóricas, entendiendo esto como la acción de llevar a cuestas a quien le cuesta moverse por su cuenta; son los adultos quienes muchas veces adolecen de sentido; la exposición de nuestras propias emociones y sentimientos son la clave para conectar con los adolescentes, ya que dicha zona es desconocida para la mayoría de estos últimos. El pubilecto es en todo momento la tensión dialéctica entre el adolescente, su contexto y el adulto de turno; el sentido relacional danza entre memoria, autenticidad, humor y cercanía.

Trabajar con adolescentes me ha dado la oportunidad de reencontrarme conmigo mismo, con aquella adolescencia que, aunque ya haya pasado, no está libre de haber quedado sin algunos pendientes. Además, esto me ha permitido darme cuenta que, la mayoría de los síntomas o comportamientos “desajustados”, son una respuesta a todas las palabras que, potencialmente, carecieron de asertividad y contenido afectivo en un momento dado que se preservaron y reactivaron de manera crónica en el tiempo.

Hace un tiempo le he venido preguntando a diferentes adolescentes sobre cómo, según ellos, son y/o deberían ser los adultos. Esto fueron algunas de las respuestas:

¿Cómo son los adultos?

  • Los adultos son aburridos. No comprenden porque no escuchan. Creen saberlo todo.
  • Mis papás me comparan con todos, me da rabia no poder ser como les gustaría.
  • No lo sé, pero no confío en los más grandes porque siempre que lo he hecho me han fallado.
  • Me aburro hablando con gente mayor porque nunca entienden lo que digo.
  • Controladores y si me opongo me castigan.

¿Cómo son los psicólogos?

  • Los psicólogos siempre hacen las mismas preguntas y nada más. Son sapos.
  • Lateros y copuchentos.
  • Aburridos, se quedan callados mucho rato.
  • Personas en las cuales no se puede confiar. Todo lo cuentan.

¿Cómo debiesen ser los adultos?

  • Comprensivos y tener paciencia.
  • Ser buena onda. Uno puede aprender sin gritos, castigos, ni comparaciones.
  • Acercarse a través del chiste y sin caras amargadas.
  • Demostrar el amor con abrazos y no solamente palabras.
  • Que escuchen más y hablen menos.
  • Ser pacientes con mi tiempo, si no me alejo.
  • Que consideren mi punto de vista antes de decidir algo.
  • Jugar más y hacer menos deberes.
  • No repetirme las cosas.
  • Hablar y no gritar.

¿Cómo debiesen ser los psicólogos?

  • Tratarme como persona y no como un enfermo, porque anotan, con cara de paco, todo lo que digo.
  • No hablar sin saber realmente las cosas.
  • Evitar darle vuelta a los asuntos que me incomodan, porque preguntan una y otra vez lo mismo.
  • Quedarse callados cuando les cuento las cosas y no decirles a mis papás.
  • Reírse más y salir de la sala porque me aburre.
  • Que no me pongan caras raras cuando cuento mis cosas y que me abracen cuando tengo pena.

Dichas respuestas nos invitan a reflexionar y considerar que tener paciencia es una virtud, más cuando trabajamos con adolescentes, pues es una época de muchos primeros, es decir, primeras amistades, primeros amores, primeras decepciones y desilusiones, primeros aciertos y errores, primeras experimentaciones, entre otras cosas. He aquí la necesidad de desarrollar diferentes habilidades estratégicas como: el amor, la observación e intervención integral, la empatía, la capacidad de adaptación, saber negociar, entre otras cosas.

En la clínica privada y en el contexto residencial, me ha tocado ver y escuchar muchas cosas; algunas más duras que otras, sin embargo, todas siendo parte de la misma columna vertebral: los estilos de crianza que conducen u omiten el ejercicio parental.  Alejándome de los libros, me encontré con la vida; vida que me ha hecho entender, aprehender, replantear y sintetizar, de una manera sencilla, la base del sentir humano. Pongamos atención a los siguientes tópicos que he consignado tras la experiencia:

  • Parentalidad centrada en la obediencia: son todos aquellos padres que demuestran su amor cuando sus hijas/os responden de manera óptima a sus solicitudes. Resultado: adultos complacientes.
  • Parentalidad centrada en el logro: son todos aquellos padres que demuestran su amor cuando sus hijas/os tienen logros o resaltan por sobre otros. Resultado: adultos competitivos.
  • Parentalidad centrada en la emoción: son todos aquellos padres que demuestran su amor en todo momento. Resultado: adultos autónomos y emocionalmente libres.

¿Qué tipo de parentalidad asumiste? O ¿Qué tipo de parentalidad ejerces? Lo interesante de responder dichas interrogantes es que se reflejan los patrones relaciones de funcionamiento que tenemos con el mundo, y los adolescentes no están ajenos a los efectos de nuestras propias vivencias. Ahora bien, ¿Qué tienen en común los dos primeros estilos de parentalidad?, pues que el amor es condicional; he ahí la base de la dependencia y el sufrimiento psíquico.

La parentalidad juega un papel importante en lo que respecta a soportar, sostener y apoyar los diferentes ciclos evolutivos por los que se va demarcando la crianza; pero esta no deja de ser un tanto masoquista. Por favor, piénsenlo un momento. Decidimos traer a alguien al mundo para enseñarle a vivir sin nosotros. La vida se significa con la información que nos entregan nuestros padres, por lo mismo, no debemos ignorar que, cuando nos damos la oportunidad de comprender nuestro propio mundo, se nos hará más sencillo conectar con el de los otros.

Cuando un adolescente acuda a ti, por favor, deja todo lo que estás haciendo y préstale atención; míralo, escúchalo para comprender y no responder, y abrázalo de ser necesario. No hay esencia en los cuerpos, sino historias; la identidad es provisional y está sentenciada a transfigurarse las veces que la experiencia estime conveniente. Cada segundo e incluso cada momento incomodo vale la pena cuando se trata de intervenir con la adolescencia. Y recordemos que, muchas veces, quienes recogen los frutos de un árbol no son aquellos que lo plantaron, es más, solo debiese bastarnos la convicción de que, en algún momento, dicho árbol dará frutos.

Si no somos capaces de atender las necesidades que surgen desde el trazado intergeneracional, la incomprensión y el desencuentro resistirán; no se trata de extinguir los conflictos entre adultos y adolescentes, sino de ampliar las herramientas con las cuales se afrontan y superan. Es por esta razón que, para trabajar con estos últimos, es necesario habilitar espacios de encuentros para estimular la capacidad de agencia y autonomía, sin que desacrediten a quienes los adelantan en vida.

La psicología debe apelar a un conocimiento biodegradable, aquel que intensifique la búsqueda de verdades mortales; verdades que tengan espacio para caducar, pues que es esa y no otra, la manera de progresar como ciencia. No puede recaer en el dogmatismo y el pensamiento simplista cuando su interés yace posado en los NNAJ; si los profesionales gozan de libertad, emergerán nuevas ignorancias y nuevos desconocimientos, pero así también nuevas propuestas. Como decía Morin (2011) en su libro Introducción al pensamiento complejo, refiriéndose al reduccionismo: “un pensamiento mutilante conduce, necesariamente, a acciones mutilantes” (p.32).

Lo antes expuesto tiene por objeto compartir con ustedes algunas reflexiones de mi experiencia en el área infanto-juvenil, como psicólogo, psicoterapeuta y eterno pensador. Así también, poner voz a aquellas vivencias que, por efectos del adultocentrismo, se han visto oprimidas e invisibilizadas. Las circunstancias cultivan recuerdos; los recuerdos nuestra felicidad y nuestro sufrimiento.

En último término, y no por eso menos importante, quisiera destacar que estas páginas, están dedicadas a cada uno de los adolescentes que han pisado mi consulta y aquellos que he conocido en el sistema proteccional “Mejor Niñez”, los cuales me han enseñado a ser humano antes que psicólogo, como también entregado el más grande de los privilegios que un adulto pudiese pedir: confianza, cariño, paciencia y compromiso.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Cerda Guzmán, J. A. (2022). Trauma Relacional: Una propuesta sociopsicobiológica de la psicopatología evolutiva. Petroglifos Revista Crítica Transdisicplinar, 5(2), 14-19. https://petroglifosrevistacritica.org.ve/revista/trauma-relacional-una-propuesta-sociopsicobiologica-de-la-psicopatologia-evolutiva/

Maturana, H. (2021). La revolución reflexiva. Paídos.

Morin, E. (2011). Introducción al pensamiento complejo. Gedisa.

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