Petroglifos. Revista Crítica Transdisciplinar 4(1):53-69 enero-junio 2021
ISSN: 2610-8186
https://petroglifosrevistacritica.org.ve/
Artículo Científico
Tejiendo las agroecologías desde abajo: Reapropiaciones del movimiento agroecológico venezolano
Weaving agroecologies from below: Reappropriations of the venezuelan agroecological movement
Olga E. Domené-Painenao*1
1El Colegio de la Frontera Sur – San Cristóbal, México / Asociación Venezolana de Agroecología (AVA)
*Correo electrónico: oedomene@ecosur.edu.mx
Recibido: 04/10/2020 Aceptado: 28/03/2021
RESUMEN

El objetivo del siguiente documento es visibilizar el surgimiento, aún incipiente, de un movimiento agroecológico que está transformando prácticas pero también los imaginarios del sistema alimentario nacional. Desde una perspectiva etnográfica se estudia el proceso socio histórico venezolano, destacando las políticas públicas que han sido promovidas durante el actual Gobierno (desde 1999) y que tuvieron influencia en la aparición de un mosaico territorial agroecológico, el cual parte del reconocimiento y el florecimiento de un sujeto popular. Como resultado, observamos que aunque en el país persista el modelo rentista petrolero, sin embargo, en las últimas décadas la agroecología logra expandirse como una propuesta institucional con un fuerte arraigo en las bases populares. En conclusión, se evidencia una especie de sincronía Gobierno-Pueblo que bajo múltiples tensiones favorece el poder popular, permitiendo la reaparición de sujetos que re-territorializan las agroecologías desde perspectivas particulares.

Palabras clave: mosaico agroecológico, poder popular, políticas públicas, sujeto pensante
ABSTRACT

The objective of the following document is to make visible the emergence, still incipient, of an agroecological movement that is transforming practices but also the imaginaries of the national food system. From an ethnographic perspective, the Venezuelan socio-historical process is studied, highlighting the public policies that have been promoted during the current government (since 1999) and that have influenced the emergence of an agroecological territorial mosaic, which is based on the recognition and flourishing of a popular subject. As a result, we observe that although the oil rentier model persists in the country, however, in the decades agroecology has managed to expand as an institutional proposal with strong roots in the popular bases. In conclusion, there is evidence of a kind of government-people synchrony that under multiple tensions favors popular power, allowing the reappearance of subjects that re-territorialize agroecologies from particular perspectives.

Key words: agroecological mosaic, people's power, public policies, thinking subject

Introducción

Milagros es una mujer que vive en una comunidad urbana del estado Aragua, frente a su casa siembra yuca, frijoles, maíz, lechosa, ají, plátanos, entre otras tantas especies alimenticias; y como ella, también sus vecinos. Hace un tiempo, realizó unos cursos sobre agroecología que dictaron en su comunidad, así aprendió a preparar compost, hacer trampas para insectos, seleccionar semillas, entre otras estrategias para manejar su conuco (Entrevista productora urbana, 56 años, Aragua, 2019). Desde entonces, la tenacidad y el conocimiento han dado frutos, de ese lugar se alimentan ella y su familia. Es una manera de paliar la crisis que atraviesa el país. Asimismo, comenta “…es como volver a lo que somos, campesinos” recordando así, su origen rural.  Esta es una imagen recurrente en diversas ciudades del país, que nos conduce a pensar en procesos coyunturales con un potencial para las transformaciones más profundas desde el ámbito alimentario.

Esta realidad nos plantea un nuevo escenario para pensar la agroecología en el país. En forma general, podríamos decir que esta práctica de hacer agricultura ha superado el margen de cavilarla como una simple aplicación sistemática de principios ecológicos (Altieri y Toledo, 2011). Ampliándola hacia el marco de una ciencia que a su vez es práctica y es movimiento social (Wezel et al., 2009). En ese sentido, reconoce racionalidades otras, lo que constituye una agroecología que pone de relieve la importancia de la diversidad de saberes y formas de vida, que la modernidad declaró como subalternas.  Espacios donde los saberes locales han dado pruebas de capacidad para mantener y acrecentar la diversidad de prácticas productivas que son fundamentales para la sustentabilidad en los territorios; pero que también nutren tramas territoriales complejas (Domené-Painenao et al., 2020a; Rosset y Altieri, 2017; Escobar, 2016).

En el caso venezolano, la agroecología aparece como crítica a la imposición del modelo de agricultura verde durante la década de los 70, asumiendo voces en campesinos, agricultores, movimientos sociales, ambientalistas y académicos, debido a sus efectos tóxicos sobre la vida (Herrera, Domené-Painenao y Cruces, 2017; Domené-Painenao, Cruces y Herrera, 2015). Pero, en los últimos años, ha sido reimpulsada por el Estado, a partir de la creación del artículo 305 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (CRBV, 1999), donde se reconoce la necesidad de transitar a un modelo de agricultura sustentable, la cual fue producto de una constituyente popular que transformó parcialmente la estructura institucional del Estado venezolano (Domené-Painenao y Herrera, 2019; Schiavoni, 2017; Herrera et al., 2017).

Partiendo de esta idea de construcción colectiva, es posible pensar en la existencia de puntos de encuentros, como modos de acoplamiento-sincronía entre las políticas públicas (planes, programas del Gobierno) y las necesidades de las comunidades, que ha permitido en diversos territorios la fecundación de la agroecología como forma de emancipación alimentaria. De este modo, surge un entramado que nutre procesos de territorialización de la agroecología, entendiendo esta como una forma de expandir la práctica y el discurso de modo horizontal (sumando familias y organizaciones); así como un escalamiento vertical orientado hacia la creación de políticas públicas y mercados que favorezcan su crecimiento (Mier y Terán et al., 2018; Ferguson et al., 2019; Parmentier, 2014).

Este reimpulso de la agroecología, en parte, se debe al contexto de crisis que vive el país, que agudiza la ya sentida inseguridad alimentaria (Montilla, 2004).  La cual es consecuencia en primer lugar de políticas contradictorias que propenden a seguir importando los alimentos (Felicien et al., 2018) privilegiando los sistemas corporativos de la revolución verde (Purcell, 2017; Enríquez, 2013); y en segundo lugar, como producto de estrategias de políticas de  injerencias extranjeras que se han encargado de bloquear al país, además de recursos, la importación de alimentos[1] e insumos agrícolas (Felicien et al., 2018), entre otras barreras de inhibición, para evitar el avance de gobiernos progresistas en la región. Una situación que ha afectado sobre todo a las familias más vulnerables.

Esta situación se potencia con la actual distribución territorial, aproximadamente el 94% de la población está en la ciudad (Purcell, 2017); como también, el hecho de que el 90% de los alimentos más consumidos diariamente son tecnológicamente procesados (Ekmeiro Salvador et al., 2015). Esto ha conllevado por un lado, a una elevada dependencia de las importaciones de alimentos que produce el sistema agroalimentario corporativo mundial (Bello, 2012; Delgado, 2010); pero por el otro, también se han ido vislumbrando otros horizontes, que se direccionan hacia la soberanía alimentaria y donde la agroecología ha jugado un rol protagónico.

Por ello, el objetivo de la siguiente investigación es visibilizar algunos elementos que constituyen la emergencia de un movimiento agroecológico que está transformando las prácticas pero también los imaginarios del sistema alimentario en un país que hasta el momento había sido definido por una cultura rentista petrolera.

 

Metodología

Se analiza estos procesos sociales desde las categorías de la agroecología (Domené-Painenao et al., 2020a; Rosset y Altieri, 2017; Wezel et al., 2009), la soberanía alimentaria (LVC, 2018; Martínez-Torres y Rosset, 2014;) y la geografía crítica (Harvey, 2000; Fernandes, 2009).  Asimismo, se asumió el enfoque etnográfico para estudiar los significados y las implicaciones de la vida diaria de un grupo cultural, a través de la observación participante, permitiendo una inmersión prolongada en un área de estudio para llevar a cabo otros enfoques metodológicos, incluyendo historias de vida, entrevistas, análisis de datos secundarios y mapeo participativo (Atkinson y Hammersley, 1994; Bernard, 2011).  Simultáneamente, se consideró medular la perspectiva del contexto histórico cultural (Zemelman, 2015) que nos induce a entender al sujeto como constructor de historia, y permite desarrollar la capacidad de mirar la realidad, resignificarla y transformarla en la premisa desde la cual se pueda construir conocimiento (Zemelman, 2015); para ir visibilizando a lo que nos referimos con tejer las agroecologías populares.

En esta dirección abordamos el documento del siguiente modo. Una primera parte enfocada al desarrollo teórico de las categorías que dan razón a la idea de cómo las sincronías entre políticas públicas y comunidades pueden favorecer a los procesos de territorialización de la agroecología. Dando continuidad a una segunda parte para explicar el contexto sociohistórico que determina a Venezuela como país rentista petrolero, donde se debate el tema de soberanía alimentaria entre complejas transiciones y contradicciones; y finalmente, una última parte, que busca caracterizar el movimiento agroecológico venezolano enfatizando al sujeto popular.

 

El acoplamiento Gobierno-comunidad: ¿Un detonante para la territorialización de la agroecología?

La necesidad de nutrirnos ha convertido a los alimentos, además de mercancía, en una de las estrategias de control que se usa en acciones contra naciones que no armonizan con los intereses de las corporaciones imperiales (Espinosa, 2020; Bello, 2012).  Lo cual ha sido recurrente en América Latina, donde existen países que han sufrido los efectos de bloqueos y otros tipos de medidas, caracterizados por limitar el acceso oportuno a los alimentos, como parte de políticas injerencistas extranjeras, como es el caso chileno durante el gobierno de Salvador Allende (Espinosa, 2020), o en Cuba, post caída de la Unión Soviética (Rosset y Val, 2018) y actualmente, en Venezuela. Estas experiencias recalcan la importancia de la soberanía alimentaria[2] entendida como el derecho de los pueblos a participar en la construcción de políticas públicas así como producir los alimentos de acuerdo a sus intereses y necesidades (Martínez-Torres y Rosset, 2014; Vía Campesina, 2018).

En este sentido, los sistemas corporativos o imperios alimentarios, como lo denominan algunos autores como Van der Ploeg (2011), McMichael (2009a, 2009b) y Delgado (2010), han demostrado una capacidad casi totalizante del modo en que se han apropiado de todo el sistema, controlando los procesos productivos (tierras, semillas, recursos, otros), la cadena de transformación y traslado, hasta la comercialización e inclusive intervienen en lo que deseamos llevarnos a la boca (Delgado, 2010).  Un sistema poderoso que además, de ser propietario de un enorme capital mucho más grande que el Producto Interno Bruto (PIB) de varios países del mundo, también controlan gobiernos y macro estructuras, es decir, deciden las reglas del juego las cuales diseñan y usan a su favor (Bello, 2012; Delgado, 2010).

Pero también son funestas las consecuencias de este modelo al instalarse en los territorios, porque además de desplazar comunidades, también desterritorializa las relaciones sociales no capitalistas en los territorios rurales, a través de lo que Harvey (2000) define como acumulación por despojo. Ante esta situación, la agroecología se presenta como un potente dispositivo al considerar otras lógicas y sentidos que tienen lugar en los sistemas agrícolas, los cuales no quedan solo restringidos a la aplicación sistemática de principios ecológicos (Altieri y Toledo 2011); sino que amplía los márgenes hacia una agroecología que pone de relieve la importancia de la diversidad de saberes y formas de vida que han dado pruebas de la capacidad para mantener y acrecentar la variedad genética, los policultivos, la diversidad de prácticas productivas; la riqueza paisajística, de formas de pensar y hacer que son fundamentales para la sustentabilidad en los territorios (Rosset y Altieri, 2017; Escobar, 2016; Toledo, 2005). De esta forma cuestiona al sistema agroalimentario corporativo y propone transformarlo (Altieri y Toledo 2011; Vía Campesina, 2018; Mier y Terán et al., 2018).

Ante ello, las experiencias de territorialización de la agroecología cobran importancia. Este proceso se concibe como el espacio social donde el poder se ejerce colectiva y localmente, mediado entre tensiones y conflictos que son determinados por una relación social que los produce y los mantiene; esto implica una apropiación simbólica y cultural (Domené-Painenao et al., 2020a; Fernandes, 2009), y que propician procesos de re-territorialización (Haesbaert, 2013) en manos de comunidades organizadas que asumen protagonismos y el reto de resolver los problemas que enfrentan (Rosset y Altieri 2017; Mier y Terán et al., 2018).

De este modo, percibimos la conformación de espacios productivos como una forma de relocalizar los alimentos, de territorializarlos y con ello, redescubrir historias. Una acción que evoca a la memoria y los saberes colectivos que estuvieron asentados de forma invisible y silente en el territorio. Que permite visibilizar las relaciones desiguales de poder que intervienen en la forma de conocer y en el modo de vivir y en especial de alimentarse. Así, es factible promover transformaciones sociales y la construcción de otros horizontes de vida, libertad y colectividad. Donde se suma el ingenio en otras formas del hacer, para obtener lo necesario en la cotidianidad de la subsistencia. Esta es una imagen recurrente en los barrios populares de América Latina, que se fortalece con las migraciones del campo a la ciudad, y con ello el arrastre de culturas provenientes de los pueblos que quedaron marginados durante el proceso de la modernización agrícola. Así vemos como reaparecen otros modos de producir alimentos, que desde las bases populares se asumen para luchar por el derecho de alimentarse. Estos son lugares donde la agroecología se reafirma al incrementar el poder y control de los consumidores que se convierten también en agricultores, fomentando procesos sociales para la difusión de prácticas agroecológicas y expandir así, el acceso a los alimentos (Vargas-Hernández y Domené-Painenao, 2021), lo que es indicador de una agroecología que se nutre y se potencia desde abajo, desde lo popular.

Pero su avance también depende de políticas públicas favorables como medio de facilitar los procesos de consolidación de estas iniciativas, como el acceso a la tierra, la facilidad a los insumos, la formación técnica, la visibilización de nuevos sujetos, entre otros (Domené-Painenao y Herrera, 2019; Mier y Terán et al., 2018; Parmentier 2014). Entonces, se transforma en una estrategia que puede generar un poder favorable ante las desigualdades que genera el sistema agroalimentario corporativo, al reconocer la existencia de nuevos sujetos y con ello, a sus culturas. Lo que abre espacios para el diálogo y en consecuencia, una especie de acoplamiento-sincronía entre Gobierno y comunidades. Lugares donde coinciden intereses comunes, y que puede ser un medio para favorecer la transformación en el hacer y en el pensar la agroecología.

Este acoplamiento-sincronía entre Gobierno y comunidades se facilita porque se abre un diálogo horizontal, un diálogo de saberes (Martínez-Torres y Rosset, 2014) que admite el encuentro, al reconocer por parte del Estado a comunidades, organizaciones y movimientos sociales. Así se visibilizan otros aportes, otros discursos, otras prácticas, en especial a lo referido al derecho de alimentarse. Direccionando así, la posibilidad de construir colectivamente otros horizontes, otros sistemas alimentarios locales, que reconocen el territorio como el lugar para asentar, a través de la memoria y la búsqueda más creativa de producir alimentos, desafiando así, las lógicas del sistema agroalimentario corporativo.

 

El resurgimiento del tema alimentario en el proceso político venezolano (1999-2019)

Considerando que la historia venezolana fue determinada por un proceso colonial, que además de invadir y ocupar territorios materiales; también se definió por la negación y ocultación de otras culturas (Grosfoguel, 2016; Sanoja, 2011). Se trata de una colonialidad en todas sus formas (del poder, del saber y del ser), que se expandió hacia los alimentos, en detrimento de las comidas y los productos del Nuevo Mundo, y que generaron una suplantación gastronómica, ya que la importación de productos desde Europa procuró reproducir a toda costa gustos, prácticas y sabores, aunque fracasó al ser afectado por productos americanos que incidieron en su alimentación (Achinte, 2010)

Posteriormente, con la instauración de la explotación del petróleo, desde inicio del siglo XX, que estuvo asociado a la reconfiguración de la modernización de la ciudad, se establece el destino de la nación, en el qué producir (Sanoja, 2011). En esta etapa de país petrolero se destaca la aparición de nuevas clases sociales, como por ejemplo, los profesionales de clase media en torno a la industria del petróleo, y que a su vez, demandaron otros alimentos sostenido a través de supermercados que hicieron fácilmente accesibles los bienes de consumo duraderos (Sanoja, 2011). Estableciendo así, un nuevo sistema agroalimentario basado en enormes redes de supermercados (Morales, 2009). También, se crean nuevas formas de explotación que enriquecieron a una nueva burguesía citadina, impulsadas por el Estado hacia la modernización cultural, transformando al país como nación extractivista y consumidoras de bienes importados (Felicien et al., 2018; Sanoja, 2011). Así se establece un nuevo imaginario de una cultura petrolera, como modo de vida; creando su propio lenguaje y valores la cual, se expande y oculta a otras culturas territoriales (Sanoja, 2011).

En efecto, está avanzada tiene su impacto sobre los “otros”, las comunidades marginadas, hijas e hijos de aquellas migraciones provenientes del campo que se asentaron en la ciudad, quienes posteriormente protagonizan “El Caracazo” una de las rebeliones por hambre, que fueron eventos comunes en América Latina, entre la década de los 80 y 90 (Bello, 2012; Contreras, 2007). Esta crisis favoreció el surgimiento de un nuevo liderazgo en la persona de Hugo Chávez, quien ganó las elecciones en 1999, un mestizo de origen campesino que impulsaría una importante transformación en el país (Contreras, 2007). Espacio que también propició la llegada de la agroecología institucional.

Con el arribo de un nuevo gobierno se establece también una nueva constitución, la cual germina de una constituyente popular. Así, aparece el artículo 305 “…el papel del Estado en la promoción de la agricultura sustentable como base del desarrollo rural integral y, por tanto, como la vía para garantizar la seguridad alimentaria de la población” (CRBV, 1999, p. 317).  En esta nueva etapa de la emergencia de un gobierno considerado “populista” comienza de inmediato acciones de confrontación. En noviembre del 2001, con la aprobación de la Ley habilitante, un conjunto de 49 leyes, destacando entre las más polémicas: La Ley de Pesca y Acuicultura, la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario y la Ley Orgánica de Hidrocarburos (Lander, 2004).  Está ultima tendrá el objetivo de controlar la empresa petrolera PDVSA, y con ello se inicia un paro petrolero organizado por la oposición. Acciones que se tradujeron además de la limitación de combustibles, la ausencia de alimentos.  En este marco, el 11 de abril del 2002, se ejecuta un golpe de Estado, pero a los dos días por una revuelta popular, Chávez regresa al poder (Contreras, 2007). Este evento propició la radicalización de las políticas públicas dando inicio a la distribución de la renta petrolera a través de las misiones sociales, donde el tema alimentario fue determinante (Domené-Painenao y Herrera, 2019; Lander, 2004).

Desde esta perspectiva, se generaron diversas propuestas[3] para garantizar la seguridad alimentaria y mejorar los niveles de consumo de alimentos, bajo la modalidad de redes de producción, distribución y venta (MERCALES, PDVALES), cuyos precios son mucho menores a los del mercado nacional. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), Venezuela logró reducir de 54% a 27,5% el porcentaje de hogares pobres, entre los primeros semestre de 2003 al 2007, en tanto que los hogares en pobreza extrema disminuyeron de 25,1% a 7,6% en el mismo período (República Bolivariana de Venezuela, 2008). Pero, esto se logra a través de enormes importaciones que logran el alcance de los objetivos propuestos, pero también sigue generando dependencia alimentaria[4].

Además, fue un período que se caracterizó por un vigoroso proceso de creación de una nueva institucionalidad paralela, desplazando el centro de poder, y en consecuencia, aparecen nuevas tensiones entre las viejas y nuevas estructuras (Enríquez, 2013). Esto dará origen a nuevas instituciones orientadas a la investigación y formación, así aparecen los primeros programas de formación en Agroecología (Domené-Painenao et al., 2015; Domené-Painenao y Herrera, 2019).

Por otro lado, se abre con la Ley Habilitante un discurso de lucha contra el latifundio, de este modo aparecen nuevos modelos de organización territorial como los Núcleos de Desarrollo Endógeno, los Fundos Zamoranos, posteriormente las Empresas de Producción Socialista, donde se entrega formalmente las tierras a campesinos organizados, como intento de una reforma agraria en el campo (Purcell, 2017; Gutiérrez, 2015). Son procesos caracterizados por embargos de tierras de empresas agrícolas, lo que recrudeció las pugnas[5]. Una de las expropiaciones más significativas fue la de Agroisleña, fuente de los insumos básicos para la agricultura moderna desde los años 60, y que hoy prácticamente está en quiebra en manos del Estado[6] al igual que los ingenios azucarero, entre otras empresas agrícolas (Purcell, 2017).

Si bien existieron algunos avances, nunca hubo realmente una ruptura del poder histórico de quienes controlaban el sistema agroalimentario (Felicien et al., 2018; Schiavoni, 2017). Se desarrolló un mayor fortalecimiento de las relaciones entre el Estado y el capital, lo que constituye una mayor concentración y consolidación del poder en el sistema agroalimentario, finalmente se mantiene un Estado rentista (Purcell, 2017; Morales, 2009) y de ese modo la dependencia al sistema alimentario corporativo. Así, la agricultura sustentable queda enunciada pero poco desarrollada desde las esferas del Estado.

 

La agroecología y el poder popular: La alianza para impulsar la soberanía alimentaria en Venezuela

Aunque efectivamente no hubo importantes transformaciones en el sistema agroalimentario nacional, no obstante, la agroecología tiene un espacio especial en la historia agrícola contemporánea venezolana. La misma surge de un movimiento ambientalista y ecológico, de campesinos, militantes y académicos que desde los años 70 denunciaban los efectos nocivos de los agrotóxicos en la agricultura industrial sobre la salud y el ambiente, y el cual se vinculó con nuevas formas de producir alimentos (García-Guadilla, 1996; Domené-Painenao et al., 2015; Herrera et al., 2017). Estas formas de producción visibilizaron los conocimientos culturales en los territorios (Limón, 2010), como lo representa por ejemplo, la práctica del conuco (Domené-Painenao et al., 2020a). Esto alumbró otros conocimientos técnico-científicos orientados hacia la sustentabilidad de la agricultura y de este modo empieza a tratarse estos temas en espacios académicos, a partir de la década de los 80 (Domené-Painenao et al., 2015; Herrera et al., 2017). Esto fue parte de los antecedentes que favorecieron el proceso de institucionalización de la agroecología que actualmente se está desarrollando en el territorio nacional.

Al entrar al nuevo siglo, las instituciones masifican los procesos formativos de diversas formas, abrieron espacios comunes con las comunidades organizadas (comunas, Fundos zamoranos, cooperativas, asociaciones). Un caso, es el Programa de Formación en Agroecología de la Universidad Bolivariana de Venezuela (Domené-Painenao y Herrera 2019); pero también en centros de investigaciones, como el Instituto Nacional de Investigaciones Agropecuarias (INIA)  donde se llevaron a cabo proyectos con participación de las comunidades;  y así en muchas otras instituciones.  Este será el punto de inicio de esfuerzos dirigidos por el Estado y los ciudadanos en formar una red compleja de iniciativas alternas al sistema agroalimentario, que se ha ido tejiendo a lo largo de la Revolución Bolivariana (Schiavoni, 2017; Domené-Painenao et al., 2015; Herrera et al., 2017).

Retomando la pregunta central de este documento, del cómo se va reconfigurando esas agroecologías populares, es importante reconocer los aportes del poder popular promocionado por el Gobierno, el cual tuvo como objetivo central promover la aparición de un nuevo actor que tendría lugar en varios espacios como en los Consejos Locales de Planificación (CLP) y ahora los consejos comunales creados en el 2007; y que en un principio tuvo dos funciones: la organización territorial de las comunidades para la resolución de sus problemas así como, la descentralización de los recursos (García-Guadilla, 2008).

Esto para algunos autores como González-Guadilla y Torrealba (2019) acarrea una radicalización del proyecto político diseñado bajo una “nueva geografía del poder”, arraigada en el concepto del Estado comunal y las comunas como mecanismos para solidificar el poder popular y lograr transformaciones locales, supralocales o nacionales. Un proceso que tuvo su contraparte, una oposición clase media que asumirán la figura de Asambleas Ciudadanas (AC) teniendo un rol político (García-Guadilla, 2008), en nombre del “Pueblo” contra el Gobierno, que implicó una especie de cooptación de imágenes de justicia social combinadas con actos racializados que tuvieron múltiples manifestaciones violentas (Felicien et al., 2018).

Estas acciones generadas por las AC, los partidos políticos de oposición y las corporaciones, provocaron inmovilizaciones, escasez, paros entre otras acciones, limitando al acceso oportuno a los alimentos a la mayoría de la población. A continuación empezaron a visibilizarse fenómenos como acaparamientos y el bachaqueo de alimentos (Purcell, 2017) que incrementaron los precios en el mercado y la aparición de enormes colas para acceder a los productos subsidiados. En este contexto, la agroecología en las comunidades afectadas asumirá un objetivo político, dar respuesta a esta situación al buscar alternativas alimenticias en sus territorios.

Así comienzan a reapropiarse las prácticas de agricultura urbana en las ciudades, que tuvieron un inicio con la FAO en el 2002 y que se dará continuidad cuando se formaliza con la creación del Ministerio de Agricultura Urbana en el 2015. Aparecen espacios urbanos dedicados a la siembra de alimentos, así como otras redes de comercialización a pequeña escala, basada en ventas familiares  (fruterías, bodegas, ventas al menudeo). También se fortalecieron otras formas de organización, que permiten el acceso a alimentos a mejores precios, como es el caso de los mercados cooperativistas de Cecosesola en el estado Lara (Domené-Painenao et al., 2020), que ampliaron sus redes de comercialización entre productores y consumidores en muchos estados del país, doblegando así, la antigua hegemonía que tenían solo los supermercados. Esta situación también se expande en el mundo virtual, donde la venta e inclusive el trueque de alimentos se hace común, más evidente, durante en el periodo 2014-2015 cuando escaseaban los productos regulados. Entonces se van haciendo posibles otras formas de obtener la comida, además de la compra, el producirlo o intercambiarlo.

 

Reapropiaciones y reconfiguraciones: Aproximaciones a las agroecología desde abajo

Como se describe en la sección anterior, las acciones del Estado han apostado por la germinación de procesos sociales populares; y esto ha favorecido la territorialización de la agroecología en el país. La misma tiene diversos focos de posible expansión. Una radica en el conocimiento existente sobre las formas de agriculturas indígenas afro y campesinas (el conuco), la cual se ha mantenido en el tiempo. Otra, están referidas en las luchas colectivas contra el proceso de modernización agrícola y su efecto tóxico, que ha generado un saldo organizativo. Y una tercera, estimulada por políticas públicas la cual ha permitido un innegable avance de la territorialización de la agroecología, la cual se manifiesta como la forma de incrementar el número de familias y organizaciones, que promueven otras formas de producir alimentos, tanto en prácticas como en discursos (Mier y Terán et al., 2018; Rosset y Altieri, 2017). Por lo mismo, debe entenderse que estas agroecologías tienen voces diferentes y, por lo tanto, sus manifestaciones en el territorio también varían, con esto queremos decir que son agroecologías situadas, críticas e históricas.

Los movimientos sociales afirman que la agroecología comienza desde el desarrollo del modelo de abajo hacia arriba, exigiendo el apoyo de políticas públicas para la práctica de las comunidades (Mier y Terán et al., 2018). Sin embargo, en el caso venezolano el foco más fuerte ha sido el de arriba, desde las políticas públicas que ha permitido la visibilización de otras luces, al reconocer prácticas y conocimientos de diversas comunidades. En este sentido, es importante enfatizar que al encontrarse políticas públicas favorables y comunidades, las formas de apropiación de la agroecología se han favorecido. Vigorizando a las organizaciones así como familias que han encontrado en sus prácticas formas de paliar la crisis que hoy les afecta.

Pero, también ha permitido profundizar en procesos de reflexión crítica al modelo corporativo de alimentos, producto en parte, a la aparición de discursos movilizadores por parte del presidente Hugo Chávez (1999-2013) un importante cuestionador del sistema capitalista y sus modos de dominación (Domené-Painenao y Herrera, 2019). Además, se suman procesos formativos que se popularizaron en todo el territorio nacional, con la aparición de universidades paralelas, como en el caso del Programa de Formación de Grado en Agroecología de la Universidad Bolivariana de Venezuela (UBV) (Domené-Painenao y Herrera, 2019) entre otras muchas instituciones donde se facilita el aprender agroecología desde una formación crítica, politizada y que parte del diálogo de saberes con y en las comunidades. Del mismo modo, fruto de la promoción de encuentros, se favorece la construcción de espacios colectivos en comunidades como escuelas populares fomentado desde los gobiernos locales y el autogobierno impulsados por el poder popular (Alban et al., 2017; Domené-Painenao et al., 2015).

Así aparecen transformaciones en el territorio, donde se visibilizan y revalorizan los saberes locales, como es el caso del dominio de las prácticas asociadas al conuco como unidad de producción, frente a los huertos que son promovidos por las instituciones, en las comunidades urbanas. Demostrado en un estudio realizado por la Asociación Venezolana de Agroecología (AVA) durante el 2018, donde participaron familias y organizaciones productivas, que son parte de una red en el estado Aragua, que evidenció que las prácticas que se proponían a nivel institucional, impulsadas por la FAO, en modo de huertos familiares, fueron desplazadas por otras formas de hacer agricultura asociada al conuco, con semillas, manejo y diseños muy propios; como parte de los conocimientos ancestrales provenientes de los adultos y adultas mayores asentadas en las comunidades (Asociación Venezolana de Agroecología [AVA], 2019).

Siguiendo con la idea de dar respuesta a la pregunta inicial de este documento que trata de visibilizar la emergencia de un movimiento agroecológico nacional, a continuación nos centraremos en las dinámicas sociales que están determinadas por sujetos que piensan y reflejan en las prácticas, estas otras formas de territorializar la agroecología.

 

El territorio como un mosaico diverso e interactivo

Se promueve la construcción de espacios populares con diversas formas de organizaciones (formales e informales) en sentido horizontal que se convierten en una manera de remediación contra las inequidades de la ciudad, y así se manifiesta un mosaico territorial (Harvey, 2000), en cuanto a la producción y consumo de alimentos. En uno de los estudios de casos registrados en el Estado Aragua (AVA, 2019), demostró como las familias toman tierras ociosas cercanas a sus viviendas para la producción de alimentos, para el autoconsumo y el intercambio, bajo el sistema conuco.

… nosotros teníamos esas tierras ociosas y entonces decidimos producir algunos alimentos… así comenzamos a organizarnos y ahora cada familia tiene su pedazo de tierra frente a su casa… tenemos tomates, plátanos, yuca, frijoles, auyama… También han venido las instituciones a darnos apoyo con talleres para aprender a hacer abonos y eso… (Entrevista a productor urbano, 52 años, junio 2018).

Otro caso, fue el descrito en una entrevista por una familia donde criaban animales menores (pollos y conejos) en las habitaciones de su vivienda, al no tener tierras; y de este modo garantizaban la proteína para la familia pero también para vender en la comunidad (Entrevista a familia Municipio Linares Alcántara estado Aragua, 2019).

…yo antes alquilaba habitaciones pero la cosa se puedo muy ruda y decidimos dejar de alquilar y allí mismo (en las habitaciones) colocamos pollos para engorde y gallinas ponedoras.. eso sí, todo muy limpio, así no tenemos problemas con los vecinos y vendemos huevos y carne a buen precio a la misma comunidad (Entrevista a productora de pollos, 58 años, marzo 2020).

Lo mismo ocurrió en un caso en un apartamento de un urbanismo del Gobierno, donde parte de la casa está dispuesta para la cría de animales (Entrevista a agroproductor, Caracas, 2020). Esto da cuenta de la capacidad de crear soluciones ante las limitaciones del vivir en la ciudad, del mismo modo que plantea la flexibilización existente, en cuanto a legislaciones, de poder mantener sistemas pecuarios dentro de una vivienda.

También existen pequeñas redes como ferias, los mercados de consumo que son visibles en los barrios de Caracas (Alban, Arteaga y Herrera, et al., 2017) y otras ciudades, que se asemejan a los Tianguis en México (Rosina Bara et al., 2018). Son espacios donde se mezclan principios de la agricultura urbana, la agroecología y el rescate de los saberes ancestrales; aspectos que son así orientados hacia la conformación de las unidades en espacios de resiliencia (Robert, 2012; Alban et al., 2017).  En consecuencia, en las ciudades desarrollan una capacidad organizativa que tiene un potencial para transformar las relaciones de poder con respecto a los alimentos, al asumir posiciones como productores y mediadores, no solo como consumidores (Vargas-Hernández y Domené-Painenao, 2021). La misma parte de promover diálogos horizontales que enriquecen las narrativas del poder, especialmente a las poblaciones vulnerables, además de relacionarse de manera diferente con la naturaleza, en cierto sentido, se abren espacios para reconexiones entre el presente y el pasado, como ejemplo la aparición del conuco (AVA, 2019). Siendo posible al reconocer otros tipos de conocimientos.

Pero también parece ser determinante la idea del poder popular que promueve procesos donde “la gente deja de ser objeto para pasar a ser sujeto” (Iturriza, 2020).  Se evidencia una transformación como movimiento de múltiples focos. No es una sola ola, sino muchas olas pequeñas que va transformando la potencia popular en poder. Un poder que se reconfigura en el tiempo y en el espacio. Diversas experiencias han demostrado que la agroecología basada en la organización social es muy poderosa. El caso de Cuba por ejemplo, donde la agroecología fue clave para ayudar a la sobrevivencia de los cubanos durante la crisis provocada por el colapso del bloque socialista entre 1989 y 1990, y el posterior recrudecimiento del embargo comercial de los Estados Unidos de América (EUA). Entre 1997 y 2010, un tercio de las familias campesinas de Cuba participaron del “Movimiento Campesino a Campesino” promovido por ANAP (Mier y Terán et al., 2018).

Consecutivamente, este movimiento ha venido creciendo al incluir 200.000 familias campesinas: aproximadamente la mitad del campesinado cubano, además de muchos urbanos (Rosset y Val, 2018). Este caso nos demuestra la importancia de la territorialización de la agroecología para superar limitaciones vinculada a la dependencia alimentaria.

 

La aparición de un sujeto popular como potencial para transformar los sistemas alimentarios

En las experiencias citadinas reportadas por AVA (2019), así como en las otras entrevistas realizadas a productoras y productores urbanos, se destaca la presencia de un sujeto popular que es capaz de transformar su presente, resolviendo en un primer momento los problemas que provoca la limitación alimentaria; pero posteriormente desarrolla también la capacidad de organizarse y producir en forma colectiva. En consecuencia, hace posible dibujar otro futuro. Un sujeto que es potenciando por las posibilidades formativas formales e informales que se integran a los territorios. Como por ejemplo en las universidades y otros espacios de formación que van cerrando la apuesta por un “intelectual colectivo” (Domené-Painenao y Herrera, 2019). Como así lo expresa un estudiante de un programa universitario de Agroecología que se imparte en una ciudad del país.

Yo siempre quise estudiar algo vinculado con la agricultura,  pero mi familia es de escasos recursos y no podía pagar mi estadía en otro lugar, entonces ofrecieron la carrera de Agroecología… y aquí estoy ayudando a mi comunidad y a la escuela donde tenemos el proyecto, allí tenemos un huerto y producimos bioles y microorganismo de montaña…. También recuperamos semillas y hacemos muchas actividades colectivas para intercambiar lo que vamos aprendiendo… tenemos como una especie de escuelita… (Estudiante del PFG Agroecología, 22 años, La Victoria, octubre 2018).

 Estos son espacios donde se crean nuevos conocimientos anclados a la realidad; que promueve un liderazgo que se ve obligado a pres­cindir de mediaciones políticas en crisis, privilegiando el contacto directo con el sujeto popular; el esfuerzo por transfor­mar la potencia popular en poder. Así se identifica un sujeto que reaparece, se hace visible entre las clases populares marginadas y precarizadas, severamente golpeadas por el neoliberalismo e invisibilizadas históricamente, reivindicando aquellos referentes ideológicos acordes con nuestra historia y cultura (Sanoja, 2011).

Pero también se abre la oportunidad para ver el accionar de las mujeres, las cuales tienen un rol importante en la difusión de esos saberes sobre los alimentos olvidados, como reconectoras del pasado en el presente (Domené-Painenao et al., 2020b) y que están vinculado a su memoria rural.  Tal como se demuestra en esta entrevista:

Nosotras nos organizamos como grupo en este terrenito para producir algunos alimentos.., luego descubrimos otros alimentos que creíamos que era monte, que no se comían…  Nuestras mamás y abuelas nos recordaron que mucho de ellos son alimentos, entonces estamos en eso, averiguando, anotando, registrando todo eso, como experimentando… y retornar a eso que nos borraron (Mujer, 43 años, Colectivo de mujeres, Municipio Santiago Mariño, abril 2020)

La visibilización y la inclusión de estos sujetos ha producido una forma de agroecología situada, en la que se entiende que el conocimiento basado en el lugar involucrado en la práctica de producción agroecológica tiene un vínculo directo con el proceso histórico y social del que surge (Domené-Painenao et al., 2020a). En otras palabras, la agroecología situada se reconoce con la gran diversidad de experiencias y formas de conocimiento que surgen de las experiencias en las organizaciones y familias que practican y piensan la agroecología, al mismo tiempo que reconoce el compromiso con la justicia social que emana de su mega diversidad de experiencias históricas.

Este sujeto popular está logrando además de practicar otras formas de agriculturas asociadas al territorio, también está pensando desde otro lugar de enunciación, como respuesta a la negación a su invisibilización y ocultamiento por largos periodos bajo el colonialismo y el capitalismo que privilegió a otras clases sociales. En este sentido, se comparte un presente vivido, donde podemos destacar la importancia de las intersubjetividades en modo sinfónico, porque tienen el potencial para discontinuar con la lógica moderna del individualismo, al promover el encuentro con la otredad, que se construye considerando al otro y en interacción con el otro (Domené-Painenao et al., 2020a; Rivera Cusicanqui et al. 2016; Escobar, 2016).  Una especie de encuentro de los negados.

De esta manera, estamos en condiciones de entender como las ideas que tienen voces en estos sujetos pueden movilizar hacia la construcción de la colectividad y la identidad, como la manifestación de significados compartidos, producto de intersubjetividades entre sujetos que se identifican en una sinfonía, donde el Yo y el Tú (la Otredad), interactúan en complejas relaciones recíprocas en cuanto a tiempo y espacio. Esto implica tener que enfocar los procesos como construcciones que se van dando al compás de la capacidad de despliegue de las cualidades subjetivas, de reconocimiento a pertenencias colectivas (Domené-Painenao et al., 2020a; Rivera Cusicanqui et al., 2016; Zemelman, 2015).

Entonces, es posible el auto visibilizarse como sujeto, uno que piensa y reproduce lo pensado. Esta posibilidad de compartir lo aprendido también es importante, porque se hace desde la realidad y potencia el territorio, no solo serán unas familias, son organizaciones, son redes, que constituidos por sujetos desarrollan la capacidad de transformar sus formas de pensar y por tanto de accionar. Es decir, que se abren espacios para reconexiones, existen sincronías, donde se comparten ideas, pensamientos y discursos; y así nacen sinfonías nuevas. Algunas, pueden ser más complejas como es el caso de La Vía Campesina y sus campañas globales a escala planetaria o en el caso de La Alianza con el tema de la semilla campesina, o el mensaje que deja el Maestro Pueblo de volver al conuco a escala nacional (Domené-Painenao et al., 2020a).  Esto demuestra el poder de los discursos que están influenciando en el cómo estamos pensando la agroecología pero también los sistemas alimentarios.

Así aparece un mosaico de posibilidades, desde quienes están anclados en la subjetividad del capital vinculada al poder corporativo, hasta aquellas que en sus mundos, confluyen en intersubjetividades colectivas basadas en las prácticas sentipensante vinculadas a los ciclos de la tierra y que, de acuerdo a esto, el dónde está situado retoma importancia, porque en función de ello practicará y pensará la agroecología de forma diferente.

 

Aproximaciones

La agroecología desde abajo, asumida por organizaciones de bases populares en el país, desafían la lógica rentista petrolera que se impuso en Venezuela desde hace más de un siglo, desafía el menosprecio hacia las clases campesinas afro e indígenas y el hecho de ser popular. Desafía el modelo de la agroindustria y la imposición cultural de modernizar y negar a los pueblos. Ante esto, el desafío de construir un movimiento agroecológico capaz de ser efectivo en las complejas condiciones históricas de Venezuela y bajo amenaza de invasión es altamente relevante para muchas partes del mundo que se enfrentan a los efectos simultáneos de crisis estructurales (guerras, golpe de Estado, bloqueos económicos, silenciamiento de los movimientos sociales, otros). En el caso venezolano, la agroecología se potencia además del impulso institucional, por las formas de apropiación que han asumido las comunidades, al encontrar en la práctica de la agroecología una respuesta a la actual situación alimentaria que vive el país.

En estas dinámicas de bases populares, la agroecología encuentra asidero y tendrá influencia además de en los territorios rurales, en las ciudades, en especial en las comunidades históricamente marginadas. Es una agroecología que se manifiesta como prácticas impulsadas por instituciones públicas que promueven una nueva agricultura, pero con la profundización de la crisis alimentaria, es potenciada poderosamente por los conocimientos locales, los situados (Domené-Painenao et al., 2020a; Domené-Painenao y Herrera, 2019).  De este modo, se promueve una hibridación de agroecologías resignificadas y situadas que son estimuladas por discursos movilizadores: el poder popular. Son espacios de batallas, los cuales se confrontan en la vida cotidiana pero también es la primera línea de resistencia, presentando así, a un país que está generando posibles y transcendentales transiciones.

Por otro lado, también nos enseña a repensar la agroecología desde otras reconfiguraciones epistémicas y territoriales, donde es indispensable el dialogar con los conocimientos de los pueblos vivos, de las comunidades en resistencia y de muchos movimientos sociales. El transitar a un pensar diferente, encontrarnos con otras subjetividades, es un ejercicio necesario para la reconstitución de mundos ante las graves crisis ecológicas y sociales que enfrentamos y donde la agroecología deja de ser una alternativa para constituirse como la única opción para poder transformar el futuro. Y es posible que estos sean los espacios más fecundos, donde se pueda generar las transformaciones desde el “pensar en lo no pensado” parafraseando a Zemelman (2015); y transite hacia la construcción de otros horizontes alimentarios donde la agroecología y la soberanía alimentaria fortalezca sus raíces, con el objetivo de quedarse.

[1] https://www.telesurtv.net/news/venezuela-pago-compromisos-bloque-financiero-eeuu-20190530-0006.html

[2] “El concepto de soberanía alimentaria fue desarrollado por La Vía Campesina y llevado al debate público con ocasión de la Cumbre Mundial de la Alimentación en 1996, y ofrece una alternativa a las políticas neoliberales. Desde entonces, dicho concepto se ha convertido en un tema mayor del debate agrario internacional, inclusive en el seno de las instancias de las Naciones Unidas. Fue el tema principal del foro ONG paralelo a la cumbre mundial de la alimentación de la FAO de junio del 2002.” (tomado de https://viacampesina.org/es/quignifica-soberanalimentaria/)

[3] Han sido variados y múltiples los esfuerzos del gobierno para mejorar la distribución e incrementar el consumo de alimentos entre las clases de menores recursos. La Misión Alimentación del gobierno, creada en abril de 2003, tiene alrededor de 22.000 puntos de distribución. Contempla además de la red Mercado de Alimentos (MERCAL) y la Productora y Distribuidora Venezolana de Alimentos (PDVAL) una serie de programas como las casas de alimentación (Fundación Programa de Alimentos Estratégicos-FUNDAPROAL), que proveen raciones de comida para indigentes; los programas de comedores escolares en las escuelas bolivarianas; el programa de suplemento nutricional para sectores de extrema pobreza; el programa de comedores populares; el programa de areperas socialistas; los programas de panaderías socialistas, entre otros (Gutiérrez 2015).

[4] Estos dólares provienen de los ingresos del petróleo, de los cuales Venezuela obtiene el 95% de sus divisas, los mismos ingresos que financian los programas sociales. Esto significa que los dólares del estado, al tiempo que se destinan a muchos programas sociales, también han estado fluyendo hacia el complejo privado de importación de productos agroalimentarios en el transcurso de la Revolución Bolivariana, lo que representa importantes subsidios para las empresas más poderosas (Felicien et al. 2018).

[5] Según fuentes oficiales, que entre 2003 y 2012 el Estado ha rescatado 6.303.759 hectáreas (ha), regularizado 7.596.288, ha emitido 91.052 cartas agrarias, realizado 47.197 declaratorias de permanencia y ha adjudicado 74.562 títulos (Gutiérrez, 2015).

[6] https://www.reportero24.com/2012/10/01/corrupcion-gobierno-admite-quiebra-de-agropatria/

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