Por: Enrique Urrea Sepúlveda, 81 años / Fundo Nuevos Aires, Ponotro – Cañete, Chile / Instagram: @enriqueurreasepulveda
Para facilitar la cosmovisión y entender esta geografía tan loca, mirémosla desde tres territorios: norte-centro-sur.
- Norte: desierto mineral.
- Centro: con valles generosos y floridos.
- Sur: de trigales-papas-bosques-retorcido de archipiélagos.
Chile es como un cántaro de greda, creado por las manos artesanales de Pomaire o Qhinchamalí. Con dos asas: una que arde y otra que hiela y un vientre lleno de frutos.
El norte es una costra sin vida vegetal, una eterna reverberación al sol calcinante y despiadado, pero bajo sus salares está el litio, el caliche milagroso capaz de llenar las espigas con su nitrato natural, y paliar el hambre del hombre y de la tierra.
La mina de cobre más grande del mundo a tajo abierto, la plata, el oro, la sal y muchos minerales menores.
Pero, aunque parezca increíble, cada tanto, el desierto florece, son cientos de especies que tapizan el desierto de un manto mágico de colores.
El minero nace y muere minero. El clima es tan despiadado que ni los cadáveres se descomponen, solo quedan como momias, mas aptas para un museo que para el cementerio.
Si vienes de afuera, piensas que te vas a encontrar con un desorden de montañas y con el desierto más seco del mundo, pero cuando cruzas los majestuosos Andes, te enfrentas a un valle lleno de verdes y que se prolonga hasta los confines. Toda esta larga esperanza es la tierra de la uva, el durazno, las cerezas, manzanas. Es la madre del trigo y la papa, y de interminables bosques.
También te recibe una cadena de gigantes verticales, de impresionante belleza, pero temibles cuando entran en erupciones telúricas, sus ríos de lava han conformado paisajes lunares, y sus espigas. toneladas de ceniza, crearon un fértil suelo trumaó, pródigo de espigas.
El pueblo mapuche los llama “cherruves” y en su interior habita el pillán que a veces entra en cólera.
En nuestro pueblo hay un estoicismo ardiente por poseer y disfrutar la tierra, cada vez que la naturaleza nos revuelca, aparece el típico chilenismo de volvernos a poner de pie y a reconstruir.
El valle central desaparece al acabarse el continente, y empieza la lucha de los elementos, los archipiélagos australes, con islas, canales, fiordos, bahías, ensenadas, un maremágnum impresionante de furia oceánica, donde aprendemos que “ese mar que tranquilo nos baña”, no tiene nada de pacifico, y esta constelación de fenómenos, tienen nombres de navegantes y hasta de héroes que se arriesgaron a poblar esa impresionante geografía.
Esta es la patria de la ballena, el lobo marino, el pingüino, la nutria. Y hay tantos pájaros marinos que cuando llegan o se van, producen un embrujante eclipse de sol.
La cordillera entrega sus últimas estribaciones, y aparece la antesala de iceberg, témpanos, y la nieve eterna del paisaje antártico.
Adentrándonos en la Patagonia austral, aparece a pampa: extensa, infinita, donde nada entorpece la vista, es el país ovejero, donde las grandes estancias ovejeras, han dado origen a los frigoríficos y galpones lanares.
Si prestamos atención a los fenómenos naturales típicos de la zona, tenemos dos que nos dejan extasiados, uno bellísimo, otro violento. La aurora boreal es ver incendiado el cielo con un arcoíris mágico, donde las noches transforman en prolongados crepúsculos.
El viento austral es un desbocado potro que corre con tanta furia, capaz de doblegar la rigidez natural de los árboles, hasta volverlos achaparrados.
Nuestro país termina congelado en la Antártida chilena, reserva infinita de agua y misterios por descubrir, donde para hacer patria, debes soportar por un año la soledad y el frio extremo, entonces no te queda otra que resguardar, investigar, y enseñar en esa extremadura glaciar, donde termina Nuestra tierra y el mundo.

