Por: Andrés Arteaga Villarreal . Antropólogo-Arqueólogo. Investigador independiente en Arqueología, Santa Marta, Colombia. Correo electrónico: artevilla48@gmail.com. ORCID: 0009-0007-1641-2359
1. Introducción
La interpretación arqueológica descansa, en buena medida, sobre un supuesto frecuentemente implícito: que las relaciones espaciales observadas en un yacimiento reflejan, con razonable fidelidad, las relaciones originales entre los materiales en el momento de su depositación. Esta premisa, sin embargo, es problemática. Schiffer (1987) y Wood y Johnson (1978) demostraron hace décadas que el registro arqueológico es el producto acumulado de múltiples procesos, culturales y naturales, que transforman los materiales desde su depositación hasta su recuperación. Entre los agentes naturales capaces de alterar el registro arqueológico, los procesos pedoturbatorios suelen pasar desapercibidos. Operan en silencio, dentro del propio suelo, y van reorganizando la posición de los materiales con el paso de las estaciones (Hole, 1961).
Uno de estos procesos resulta particularmente relevante para la presente discusión: la argilipedoturbación, propia de los suelos con arcillas expansivas conocidos como vertisoles. El término proviene del latín vertex, que significa mezclar o revolver, en alusión directa al efecto de batido interno que producen sus arcillas (Sotelo et al., 2008).
En contextos arqueológicos sobre vertisoles, la dinámica edáfica puede producir agrietamiento estacional, desplazamiento por slickensides y formación de microrrelieve gilgai, con potenciales efectos sobre la integridad estratigráfica de los yacimientos. La cuestión sobre el alcance real de estos efectos ha dado lugar a un debate sostenido en la literatura geoarqueológica internacional, debate que sigue abierto.
La discusión arrancó con la hipótesis clásica formulada por Duffield (1970), según la cual los vertisoles operan como suelos “autotragadores” que destruyen progresivamente la secuencia estratigráfica original. Esta tesis, reforzada por Wood y Johnson (1978) y reproducida en manuales pedológicos posteriores, instaló entre arqueólogos una desconfianza generalizada hacia los sitios localizados en estos suelos. Más recientemente, sin embargo, trabajos como el de Driese et al. (2013) han matizado esta visión. A partir de análisis micromorfológicos, geoquímicos y estadísticos aplicados al sitio paleoindio Debra L. Friedkin, en Texas, los autores demostraron que los vertisoles pueden preservar contextos arqueológicos no perturbados bajo condiciones específicas. La controversia entre la tesis clásica y la revisionista, sin embargo, no agota el espectro de posturas posibles. Estudios recientes en América Latina han documentado dinámicas más complejas que las que la dicotomía clásico-revisionista permite ver. Rojas Mora y Montejo Gaitán (1999) mostraron que el vertisol afecta de manera desigual a los distintos tipos de material arqueológico, con impacto especialmente marcado sobre los carporrestos. Capdepont y Piñeiro (2010) documentaron que los grupos prehispánicos del río Daymán, en Uruguay, incorporaron el vertisol como materia prima en la manufactura cerámica. Donner et al. (2018) reportaron para la subcuenca del río Mayales, en Nicaragua, un patrón inverso: las sociedades prehispánicas evitaron sistemáticamente los espacios vertisólicos para instalar arquitectura. Álvarez et al. (2021), trabajando en Hidalgo, México, plantearon que los horizontes vérticos pueden funcionar como marcadores cronoestratigráficos con las precauciones del caso. Frente a este panorama, la literatura colombiana ha permanecido llamativamente al margen. Es una omisión con consecuencias interpretativas concretas. Los vertisoles ocupan porciones amplias del Caribe colombiano: aparecen en la Depresión Momposina, el bajo río San Jorge, el medio Sinú, las sabanas de Sucre y Córdoba, la planicie marina de Magdalena, Bolívar y Sucre, y los lomeríos del sur de Bolívar y el centro de La Guajira. Sobre esas mismas áreas hay ocupaciones prehispánicas de cronologías diversas (Plazas et al., 1993; Malagón Castro, 2003), lo cual significa que muchos sitios arqueológicos regionales han sido leídos sin considerar el comportamiento del suelo que los alberga.
Este artículo se propone aportar al desarrollo de una geoarqueología regional aplicable al Caribe colombiano. Para llegar ahí, identifica las posturas existentes en la literatura sobre el efecto de los vertisoles en el registro arqueológico, sintetiza la evidencia regional y comparativa disponible y discute las implicaciones para la práctica arqueológica colombiana. La intención de fondo es ampliar el horizonte interpretativo de quienes trabajan en estos contextos, sin cerrar prematuramente un debate que todavía tiene aristas abiertas.El fenómeno que sustenta toda esta discusión es relativamente simple en sus mecanismos físicos pero complejo en sus consecuencias arqueológicas. La Figura 1 esquematiza el ciclo estacional de agrietamiento y cierre que caracteriza a los vertisoles, base de todos los procesos pedoturbatorios discutidos en el resto del artículo.
Figura 1. Ciclo estacional de agrietamiento y cierre en suelos vertisólicos. (A) Estado de saturación durante la temporada lluviosa, con arcillas hidratadas y paquete expandido. (B) Inicio de la contracción al avanzar la estación seca, con agrietamiento superficial incipiente. (C) Estación seca plena, con grietas profundas que pueden alcanzar hasta un metro de profundidad y caída de sedimentos superficiales al interior. (D) Retorno de las lluvias y cierre por hidratación, con sedimentos jóvenes preservados como cuñas de relleno verticales (crack-fills). Elaboración propia,2026.

2. Vertisoles: génesis, propiedades y dinámica edáfica
2.1. Definición y clasificación taxonómica
Los vertisoles son suelos minerales dominados por arcillas expansivas, principalmente esmectitas como la montmorillonita, la beidellita y la nontronita. Su comportamiento físico difiere del resto de órdenes pedológicos. La World Reference Base for Soil Resources y el Soil Taxonomy del USDA los identifican a partir de tres criterios diagnósticos que deben aparecer juntos: contenido de arcilla igual o superior al 30 % en la fracción de tierra fina en todos los horizontes hasta los 50 cm de profundidad, presencia de superficies de deslizamiento o agregados en forma de cuña inclinados entre 10 y 60 grados respecto a la horizontal, y grietas verticales de al menos 1 cm de ancho que se abren y cierran estacionalmente hasta más de 50 cm de profundidad (Sotelo et al., 2008; Gisbert Blanquer et al., s.f.).
El reconocimiento del orden Vertisol como categoría taxonómica autónoma fue un proceso histórico. Antes de 1960 estos suelos se clasificaron como Rendzinas (Baldwin et al., 1938, citado en Sotelo et al., 2008) y luego como Grumosoles (Oakes y Thorp, 1950, citado en Sotelo et al., 2008). El término actual aparece formalmente en la Séptima Aproximación de la Soil Taxonomy en 1960, inicialmente con solo dos subórdenes (Aquerts y Usters). La primera edición consolidada de la Soil Taxonomy (1975) estableció cuatro subórdenes según el régimen de humedad: Xererts, Torrerts, Uderts y Usterts. Durante la década de 1980, el Comité Internacional de Clasificación de Vertisoles (ICOMERT), dirigido por Juan Comerma desde la Universidad del Centro de Venezuela, refinó los criterios y los adaptó a zonas no tropicales. La segunda edición de la Soil Taxonomy (1999) y las claves posteriores (2006) ampliaron el sistema a seis subórdenes con la incorporación de Cryerts y la reintroducción de Aquerts (Sotelo et al., 2008).
Los seis subórdenes actuales se distinguen por régimen de humedad y temperatura. Los Aquerts presentan condiciones ácuicas y rasgos redoximórficos durante gran parte del año. Los Cryerts se desarrollan en climas fríos con régimen de temperatura críico. Los Torrerts son propios de franjas desérticas, con grietas que permanecen cerradas menos de 60 días consecutivos al año. Los Uderts se ubican en zonas húmedas, con grietas abiertas menos de 90 días acumulativos al año. Los Usterts, el suborden con mayor superficie mundial, presentan grietas abiertas al menos 90 días acumulativos al año en climas con estaciones marcadas. Los Xererts corresponden a regiones mediterráneas con inviernos lluviosos y veranos secos (Sotelo et al., 2008).
Estos suelos son típicamente tropicales y subtropicales. Aparecen donde el clima es estacional, con un periodo seco prolongado y otro de lluvias intensas. Se desarrollan sobre materiales parentales ricos en bases (basaltos, calizas, sedimentos aluviales arcillosos) y en posiciones del paisaje de baja pendiente, donde el drenaje deficiente y los aportes laterales de cationes favorecen la formación o herencia de arcillas esmectíticas (Coulombe et al., 1996; De Petre, 2000). Su distribución mundial incluye Australia, India, China, Sudán, Etiopía, las islas del Caribe, México y varios sectores de Sudamérica, particularmente la Pampa argentina y el norte de Sudamérica (Sotelo et al., 2008; Luna Robles et al., 2025).
En Colombia, según la tipología propuesta por Malagón Castro (2003), los vertisoles se distribuyen principalmente en la región Caribe y en sectores específicos del valle interandino del Magdalena. Los subgrupos dominantes son los Haplusterts (régimen de humedad ústico) y los Hapluderts (régimen údico), ambos asociados a climas con estacionalidad marcada de lluvias y a materiales parentales arcillosos de origen sedimentario.
2.2. Mecánica de expansión y contracción
Lo que define la dinámica de un vertisol es el carácter expansivo de sus arcillas. Las esmectitas tienen una estructura cristalina laminar 2:1 con espacios entre láminas capaces de absorber agua. Cuando el suelo se humedece, las moléculas de agua entran en esos espacios y el paquete arcilloso aumenta de volumen. Cuando se seca, ocurre lo contrario. La magnitud del cambio volumétrico se mide con el coeficiente de extensibilidad lineal (COLE), que en vertisoles típicos alcanza valores entre 0,06 y 0,12, muy por encima de cualquier otro orden de suelo (Coulombe et al., 1996; Luna Robles et al., 2025).
Ese coeficiente explica el comportamiento estacional del suelo. En la temporada seca, la pérdida de agua intersticial contrae el paquete arcilloso, pero no de manera uniforme. El suelo se fragmenta en bloques poliédricos separados por grietas verticales que pueden alcanzar un metro o más de profundidad, con aperturas superficiales mayores a cinco centímetros (Sotelo et al., 2008; Gisbert Blanquer et al., s.f.).
Figura 2. Vertisol del Caribe colombiano durante la temporada seca, donde se observa una grieta abierta producto del proceso de contracción del paquete arcilloso. La apertura superficial evidencia la dinámica de expansión-contracción característica del orden Vertisol. Fotografía del autor, sabanas de Sucre, Colombia, 2023.

Cuando vuelve a llover, las arcillas se hidratan rápido, recuperan su volumen y cierran las grietas. El ciclo se repite cada año donde la estacionalidad es marcada, como ocurre en buena parte del Caribe colombiano (Malagón Castro, 2003).
Figura 3. Vista en planta de un suelo vertisólico en las sabanas de Sucre durante la temporada húmeda, donde se observan grietas estacionales rellenas por sedimentos jóvenes oscuros con desarrollo edáfico incipiente. El patrón lineal de los rellenos evidencia la dinámica de agrietamiento, infiltración de sedimentos superficiales y cierre por expansión arcillosa, característica del orden Vertisol. Fotografía del autor, sabanas de Sucre, Colombia,2023.

2.3. Distribución y observaciones en el Caribe colombiano
En el Caribe colombiano los vertisoles tienen presencia significativa. Se desarrollan sobre sedimentos arcillosos de origen aluvial, lacustre o marino, bajo régimen bimodal de lluvias con periodos secos prolongados, justo el escenario que detona los ciclos de expansión y contracción característicos del orden (Malagón Castro, 2003; IGAC, 2015).
Malagón Castro (2003) calcula que los vertisoles ocupan cerca del 5 % del área total de la región Caribe. Dominan los Haplusterts, con un 4 %, seguidos por los Hapluderts con el 1 % restante. La distribución no es homogénea. Se concentra sobre todo en la península de La Guajira, en la zona central de Magdalena y Cesar y en las cuencas bajas de los ríos Magdalena, Sinú y San Jorge, con una extensión adicional importante sobre la planicie marina que comparten Magdalena, Bolívar y Sucre. El autor identifica subgrupos específicos como los Haplustox en las sabanas de San Benito Abad, en Sucre, y reporta presencia significativa del orden en las sabanas de Ayapel y otros sectores del bajo Sinú y bajo San Jorge, dentro del territorio cordobés. Para el resto del Caribe la información disponible es más fragmentaria; departamentos como Atlántico no figuran de manera explícita en la tipología, lo que abre preguntas sobre la continuidad regional del fenómeno que solo pueden resolverse con cartografía actualizada.
Esa cartografía existe. Los Levantamientos Generales de Suelos del IGAC a escala 1:100.000, disponibles como datos abiertos, permiten reconstruir la distribución con mayor resolución espacial y verificar la presencia del orden Vertisol departamento por departamento. La integración de los polígonos correspondientes a los siete departamentos del Caribe colombiano muestra un patrón consistente con lo descrito por Malagón Castro, pero añade un nivel de detalle que la tipología nacional no permitía visualizar: concentraciones importantes también en el piedemonte y el lomerío del sur de Bolívar y el centro de la Guajira.
Figura 4. Distribución de vertisoles y suelos con propiedades vérticas en el Caribe colombiano. Las áreas en color terracota corresponden a los polígonos identificados en los departamentos de Atlántico, Bolívar, Cesar, Córdoba, La Guajira, Magdalena y Sucre. Elaboración propia con base en los Levantamientos Generales de Suelos del Territorio Colombiano a escala 1:100.000 (Instituto Geográfico Agustín Codazzi, s.f.)

A escala departamental el shapefile permite precisar la magnitud del fenómeno. En Bolívar, los vertisoles y suelos con propiedades vérticas cubren cerca del 20 % del territorio, sobre todo en lomerío y piedemonte bajo clima cálido seco. Los subgrupos más frecuentes son Typic Haplusterts, Chromic Calciusterts y Sodic Haplusterts, acompañados de inceptisoles vérticos como los Vertic Ustropepts (Instituto Geográfico Agustín Codazzi, s.f.). Patrones equivalentes aparecen en Sucre, Córdoba y Cesar.
3. Vertisoles del Caribe colombiano: evidencia regional y casos comparativos internacionales
3.1. Vertisoles del Caribe colombiano: efectos sobre el registro arqueológico
Los vertisoles del Caribe colombiano ocupan amplios sectores de la región, distribuidos entre la Depresión Momposina, el bajo río San Jorge, el medio Sinú, las sabanas de Sucre y Córdoba, la planicie marina compartida por Magdalena, Bolívar y Sucre, y los lomeríos del sur de Bolívar y el centro de La Guajira (Malagón Castro, 2003; Instituto Geográfico Agustín Codazzi, s.f.). En todos estos escenarios hay evidencias arqueológicas asociadas a ocupaciones prehispánicas de distinta cronología, lo que convierte a la región en un laboratorio natural para evaluar los efectos del orden Vertisol sobre el registro material.
El paisaje arqueológico está marcado por la presencia de obras de adecuación hidráulica prehispánica. Plazas et al. (1993) documentaron sistemas de canales artificiales, plataformas habitacionales elevadas y campos de cultivo construidos para controlar el agua y aprovechar los ciclos de inundación. La cronología regional se extiende aproximadamente desde el 200 a. C. hasta el 1600 d. C., con fases sucesivas de ocupación reconocibles a partir de tradiciones cerámicas diagnósticas (Rojas Mora et al., 2020). La densidad arqueológica de la región contrasta con la dificultad de excavar en sus suelos, un fenómeno que conviene examinar desde la pedología.
La pregunta que estructura esta sección es directa. ¿Cómo afectan los vertisoles a la posición espacial y a la integridad de los elementos arqueológicos? La literatura regional disponible permite identificar dos dimensiones del problema que operan simultáneamente sobre el registro material: la afectación química de los componentes orgánicos y la traslocación vertical de los inorgánicos.
3.2. La afectación química de los componentes orgánicos
Las matrices vertisólicas del Caribe colombiano, dominadas por Haplusterts y, en menor medida, Hapluderts (Malagón Castro, 2003, p. 335), generan condiciones diagenéticas que comprometen la preservación selectiva de los materiales orgánicos. Rojas Mora y Montejo Gaitán (1999), trabajando en sitios del bajo río San Jorge, reportaron que “la causa de dicha escasez [de carporrestos] se debió a que estos vestigios estaban generalmente incorporados en matrices de suelo arcilloso, que aminoran la posibilidad de obtener una muestra en buenas condiciones de conservación” (p. 107). La observación apunta a un sesgo sistemático del registro paleobotánico regional, donde lo recuperable no representa cuantitativamente lo originalmente depositado.
El fenómeno se extiende a los restos óseos. Flórez-Correa et al. (2024), trabajando en el sitio San Pedro de la Depresión Momposina, documentaron procesos de termoalteración y diagénesis biomolecular sobre depósitos de peces dulceacuícolas. Estos procesos afectan tanto la integridad física de los huesos como la preservación de proteínas y ADN ancestral. Los ciclos prolongados de humedecimiento y secado, combinados con episodios de anaerobiosis estacional, configuran un ambiente diagenético complejo cuya comprensión exige análisis biomoleculares específicos.
3.3. La traslocación vertical de los componentes inorgánicos
La dinámica de expansión-contracción de las arcillas esmectíticas, repetida durante siglos o milenios, desplaza fragmentos cerámicos, líticos y restos faunísticos en dirección vertical. El mecanismo ya fue descrito en la Sección 3. Durante la estación seca el suelo se agrieta hasta profundidades superiores a un metro. Los materiales arqueológicos pequeños depositados sobre superficies recientes caen al interior por gravedad o son arrastrados al inicio de las lluvias. Cuando la arcilla se hidrata, las grietas se cierran y los materiales quedan atrapados en posiciones inferiores a las originales. Simultáneamente, la presión de hinchamiento durante la fase de expansión puede empujar objetos de mayor tamaño hacia la superficie, lo que produce un patrón de selección mecánica por tamaño a lo largo del perfil (Driese et al., 2013).
La literatura regional colombiana no ha aplicado de manera sistemática los métodos micromorfológicos propuestos por Driese et al. (2013) para evaluar la magnitud real de la traslocación. Las observaciones de campo realizadas por el autor en las sabanas de Sucre confirman la presencia de las estructuras diagnósticas del proceso. La variabilidad espacial observada es coherente con el modelo de mecánica de suelos: la integridad del registro depende de la posición dentro del microrrelieve gilgai, siendo los microhighs zonas relativamente estables y los microlows zonas de mayor argilipedoturbación.
Figura 5. Esquema del microrrelieve gilgai: alternancia de elevaciones (microhighs) y depresiones (microlows) en superficie de un suelo vertisólico. Elaboración propia, 2026.

La consecuencia interpretativa es directa. La asociación estratigráfica entre dos materiales encontrados a la misma profundidad en un vertisol del Caribe colombiano no es, automáticamente, evidencia de contemporaneidad. Puede ser producto de la convergencia vertical de elementos depositados en momentos distintos. En términos prácticos, dos materiales separados por siglos pueden aparecer juntos en el mismo nivel de excavación, mientras que materiales originalmente contemporáneos pueden aparecer separados por varios decímetros de profundidad. Esta característica exige el uso de métodos independientes de datación cronológica antes de establecer asociaciones interpretativas significativas.
3.4. Modificación antrópica del paisaje y el problema metodológico de la distinción
El tercer efecto es interpretativo más que físico. En la Depresión Momposina y el bajo río San Jorge, las sociedades prehispánicas no solo se asentaron sobre vertisoles, también los transformaron mediante obras hidráulicas que incluyen canales, plataformas habitacionales y campos elevados (Plazas et al., 1993). Plazas et al. (1993) señalan que “en la Depresión Momposina la mayoría de los suelos son arcillosos. La presencia de uno arenoso hace pensar en su cuidadosa escogencia o transporte desde otra zona” (p. 87). Las plataformas habitacionales Zenú fueron construidas con sedimentos seleccionados y trasladados desde zonas vecinas, lo que genera secuencias estratigráficas mixtas donde la mezcla es producto de la acción humana y no de la dinámica vértica del suelo.
Esta situación plantea un desafío metodológico que se replica en otros sectores del Caribe colombiano. El arqueólogo debe distinguir entre dos fuentes principales de mezcla estratigráfica: la argilipedoturbación natural y la modificación antrópica del sustrato. La distinción no es trivial. Los sedimentos trasladados compartían propiedades arcillosas similares a las del sustrato receptor, lo que dificulta su diferenciación visual en perfiles estratigráficos. La aplicación de análisis micromorfológicos, geoquímicos y arqueométricos resulta indispensable para resolver la ambigüedad, como demuestran los trabajos arqueométricos sobre cerámica regional desarrollados por Rojas Mora et al. (2020).
La integridad contextual de los sitios arqueológicos sobre vertisoles del Caribe colombiano es, en consecuencia, el resultado de la interacción entre procesos pedoturbatorios naturales y modificaciones culturales superpuestas.
La consecuencia para el arqueólogo es doble. Por un lado, debe distinguir entre traslocación pedoturbatoria natural y mezcla antrópica deliberada. Por otro, debe aceptar que la integridad contextual no depende únicamente del comportamiento del suelo, sino también de cómo las sociedades pasadas intervinieron sobre él.
3.5. Observaciones de campo en las sabanas de Sucre
Las consideraciones anteriores cobran particular relevancia cuando se contrastan con observaciones de campo en otros sectores del Caribe colombiano. El autor ha documentado, en trabajos realizados en un sector de las sabanas de Sucre, evidencias claras de actividad vértica intensa.
Reconocer un vertisol en campo no exige instrumentos de laboratorio. Basta con prestar atención a un conjunto de señales visibles a simple vista: agrietamiento estacional pronunciado, matrices arcillosas oscuras con tonos que van del negro al gris oscuro, presencia de slickensides en los cortes estratigráficos, microrrelieve gilgai en superficie y, en algunos casos, rellenos verticales de sedimentos jóvenes que atraviesan la matriz dominante.
Figura 6. Cinco rasgos diagnósticos de un vertisol en campo: agrietamiento estacional, matriz arcillosa oscura, slickensides, microrrelieve gilgai y cuñas de relleno. Elaboración propia,2026.

En perfiles estratigráficos expuestos se identificaron alineamientos verticales de sedimentos jóvenes, oscuros, con desarrollo edáfico incipiente, que atravesaban matrices arcillosas más antiguas y estériles de evidencias culturales.
Figura 7. Perfil estratigráfico de un vertisol del Caribe colombiano donde se observa una grieta vertical asociada a la dinámica de expansión-contracción del paquete arcilloso. La estructura corresponde a una cuña de relleno (crack-fill), formada por sedimentos superficiales arrastrados al interior de la grieta durante la transición de la estación seca a la húmeda. Fotografía del autor, sabanas de Sucre, Colombia, 2023.

La morfología de estas estructuras corresponde a lo que la literatura internacional describe como crack-fills o cuñas de relleno, asociadas al ciclo estacional de agrietamiento y cierre característico de los vertisoles (Driese et al., 2013). Su presencia constituye una huella diagnóstica de la actividad pedoturbatoria. Cuando estas cuñas atraviesan niveles arqueológicos, pueden interrumpir la continuidad estratigráfica y trasladar materiales superficiales recientes hacia profundidades correspondientes a ocupaciones más antiguas, generando una mezcla cronológica difícil de detectar sin análisis sistemáticos.
Figura 8. Representación esquemática de crack-fills en un perfil vertisólico. Las estructuras verticales oscuras ilustran el desplazamiento de sedimentos jóvenes superficiales hacia el interior del paquete arcilloso durante el ciclo estacional de agrietamiento y cierre. Elaboración propia, 2026.

La dinámica vértica del Caribe colombiano no es uniforme ni constante. La profundidad del sustrato arcilloso, la intensidad de la estacionalidad local, la cobertura vegetal y la historia geomorfológica del paisaje inciden de manera distinta en cada punto del territorio. En consecuencia, cada sitio arqueológico exige una evaluación específica de las condiciones edáficas locales antes de asumir cualquier patrón regional generalizable.
3.6. Casos comparativos internacionales
Las observaciones del Caribe colombiano dialogan con evidencia comparativa documentada en contextos internacionales diversos. Seis casos resultan particularmente ilustrativos.
En la subcuenca del río Mayales, en Chontales, Nicaragua, Donner et al. (2018, p. 15) documentaron que «los restos arquitectónicos se encuentran completamente ausentes en espacios que presentan vertisoles». La observación sugiere una decisión cultural sistemática de evitar el sustrato vertisólico para edificaciones permanentes durante los periodos prehispánicos. El registro arqueológico sobre vertisoles en la región se limita prácticamente a materiales líticos en superficie, sin estructuras arquitectónicas asociadas.
En el sitio Guayacas del río Daymán, en Paysandú, Uruguay, Capdepont y Piñeiro (2010) demostraron mediante difracción de rayos X que los grupos prehispánicos locales explotaron sistemáticamente los aluviones modernos compuestos por vertisoles esmectíticos como fuente de materia prima para la manufactura cerámica (p. 18). La arcilla expansiva, en lugar de ser un obstáculo, fue un insumo tecnológico aprovechado activamente.
En el sitio La Calzada, en Metztitlán, Hidalgo, México, Álvarez et al. (2021) demostraron que los horizontes vérticos pueden utilizarse como marcadores cronoestratigráficos para reconstruir transiciones paleoambientales entre el Pleistoceno tardío y el Holoceno temprano, asociadas a ocupaciones Clovis y Plainview. Los autores sostienen que «estos suelos vérticos pueden ser utilizados como marcadores estratigráficos, con algunas precauciones» (p. 69).
En el sitio Cave Spring, en la cuenca del río Duck en Tennessee, Estados Unidos, Hofman (1986, citado en Holliday, 2004, p. 277) documentó mediante remontaje de piezas líticas que artefactos abarcando siete milenios de ocupación se habían desplazado verticalmente entre 20 y 40 cm por efecto de la dinámica de expansión-contracción del vertisol. La evidencia cuantifica por primera vez la magnitud real de la traslocación acumulada a lo largo del tiempo geológico en un contexto arqueológico controlado.
En un sumidero de Creta, Grecia, Morris et al. (1997, citado en Holliday, 2004, p. 277) recuperaron artefactos del período Minoico Medio distribuidos desde la superficie hasta un metro de profundidad. Los análisis geoquímicos aplicados al perfil no detectaron superficies de ocupación enterradas, lo que llevó a los autores a atribuir la distribución vertical exclusivamente a la argilipedoturbación. El caso demuestra que la mera aparición de artefactos en profundidad no puede leerse como evidencia de estratigrafía cultural sin verificación geoquímica.
En las terrazas marinas de las Islas del Canal, California, Wood y Johnson (1978, pp. 355-356) documentaron un patrón de movimiento bidireccional en vertisoles: guijarros y bloques originalmente enterrados fueron empujados hacia la superficie por la presión de hinchamiento, mientras que artefactos superficiales de la tradición Canaliño se hundieron en el perfil. El caso ilustra el patrón de selección mecánica por tamaño discutido en la Sección 3.3 y confirma que la dinámica vertisólica opera en ambas direcciones simultáneamente.
Un último caso amerita mención por su relevancia interpretativa. En las tierras bajas mayas de Guatemala y Belice, Jacob (1995b, citado en Holliday, 2004, p. 277) advirtió que el microrrelieve gilgai ha sido confundido en ocasiones con campos elevados de cultivo prehispánicos, generando inferencias erróneas sobre las prácticas agrícolas ancestrales. Holliday (2004, p. 278) documenta además, en el sitio Nabke (Guatemala), un horizonte A enterrado cuya distorsión y orientación casi vertical por procesos vérticos podría confundirse con estructuras culturales. Este precedente cobra particular relevancia para el Caribe colombiano, donde los vertisoles activos coexisten con las plataformas y campos elevados Zenú, exigiendo criterios diagnósticos rigurosos para distinguir microrrelieve natural de modificación cultural.
Los seis casos refuerzan, desde contextos geográficos y cronológicos distintos, las posturas analíticas planteadas en la introducción. La evidencia internacional muestra que los vertisoles no operan de manera uniforme sobre el registro arqueológico. Su efecto varía según las prácticas culturales asociadas, el tipo de material, la posición geomorfológica y la pregunta de investigación. La síntesis regional permite formular criterios diagnósticos más matizados que los disponibles en la literatura clásica y establece un marco comparativo desde el cual pensar el caso del Caribe colombiano.
4. Consideraciones finales
La revisión presentada en este artículo permite extraer varias conclusiones que conviene formular con claridad. La primera es que la pregunta sobre el efecto de los vertisoles en el registro arqueológico no admite respuesta uniforme. Las cinco posturas identificadas en la literatura (destrucción pedoturbatoria, preservación condicional, conservación diferencial, determinación de patrones de asentamiento y aprovechamiento del vertisol como recurso o marcador) no se excluyen entre sí. Cada una captura una dimensión real del fenómeno y resulta más o menos pertinente según el contexto específico. Reducir el debate a la oposición binaria entre destrucción y preservación, como ocurría en la literatura clásica, deja por fuera los aportes más recientes y empobrece la interpretación arqueológica.
La segunda conclusión es que la evidencia regional iberoamericana disponible muestra una diversidad de comportamientos que no encaja en modelos importados sin matices. En el Caribe colombiano, en particular, los vertisoles operan simultáneamente como factor postdepositacional (afectando la preservación de materia orgánica, según lo documentado por Rojas Mora y Montejo Gaitán, 1999, y por Flórez-Correa et al., 2024), como elemento estructurante del paisaje cultural (Plazas et al., 1993) y como sustrato para prácticas constructivas adaptativas. Esta multiplicidad de roles exige aproximaciones metodológicas igualmente plurales.
La tercera conclusión es metodológica. La evaluación de la integridad contextual en sitios localizados en vertisoles requiere articular varios niveles de análisis. El nivel pedológico identifica los rasgos diagnósticos del suelo (slickensides, gilgai, agrietamiento, cuñas de relleno). El nivel micromorfológico permite cuantificar el desplazamiento real de materiales y distinguir filtración vertical de cizallamiento lateral, como propuso Driese et al. (2013). El nivel geoquímico evalúa los procesos diagenéticos que afectan la preservación de materiales orgánicos y biomoleculares. El nivel espacial atiende a la variabilidad interna del microrrelieve gilgai entre microhighs y microlows. Y el nivel cultural reconoce las modificaciones antrópicas del sustrato, que en regiones como la Depresión Momposina son determinantes para entender la estratigrafía observada.
Una cuarta consideración tiene implicaciones para la práctica arqueológica colombiana. Buena parte de los proyectos de arqueología regional, tanto académicos como preventivos, operan sobre vertisoles sin un marco conceptual explícito que oriente la evaluación de la integridad de los contextos. Esta ausencia genera riesgos en dos direcciones. Asumir integridad sin verificarla puede conducir a inferencias cronológicas y conductuales infundadas. Descartar contextos como perturbados sin análisis suficientes puede llevar a la pérdida de información arqueológicamente valiosa. Ambos errores tienen consecuencias para la investigación regional y para la gestión del patrimonio.
Una quinta consideración apunta a un vacío en la literatura colombiana. La discusión específica sobre el efecto de los vertisoles en el registro arqueológico, ampliamente desarrollada en contextos como Texas, Nicaragua, Uruguay o México, sigue siendo marginal en las publicaciones nacionales. Los trabajos disponibles (Plazas et al., 1993; Rojas Mora y Montejo Gaitán, 1999; Rojas Mora et al., 2020; Flórez-Correa et al., 2024) constituyen aportes valiosos, pero el campo regional carece aún de estudios sistemáticos que articulen pedología, micromorfología y arqueología en escala regional. Ampliar este horizonte interpretativo es una tarea pendiente para la geoarqueología colombiana.
El presente artículo, en consecuencia, no pretende cerrar el debate sino contribuir a abrirlo en su versión más matizada. La tipología de cinco posturas propuesta, junto con los criterios metodológicos derivados, ofrece un punto de partida para futuras investigaciones empíricas en el Caribe colombiano. Queda pendiente la tarea de aplicar estos criterios a sitios concretos mediante estudios sistemáticos que integren observaciones de campo, análisis de laboratorio y comparaciones regionales. Solo así será posible construir una geoarqueología regional capaz de orientar interpretaciones rigurosas sobre los miles de sitios arqueológicos que las llanuras vertisólicas del Caribe colombiano han conservado, transformado y, en algunos casos, también incorporado a sus propias dinámicas culturales y edáficas.
Literatura Citada
- Álvarez, A. M., Cassiano, G., & Sánchez, S. (2021). Edafología y arqueología: aproximación al cambio ambiental a escala de sitio. Cuicuilco. Revista de Ciencias Antropológicas, 28(80), 47-73.
- Botiva Contreras, Á., & Marín, M. (2007). Estratificación y horizonación en contexto. Breve reflexión sobre los conceptos, principios y operatividad del estudio de suelos y estratigrafía en las tareas de campo en arqueología. Boletín de Antropología, 21(38), 199-233.
- Capdepont, I., & Piñeiro, G. (2010). Vertisoles y cerámica indígena: un estudio de procedencia basado en DRX, sitio Guayacas (Paysandú, Uruguay). Revista del Museo de Antropología, 3, 13-20.
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