La X desquiciada: Una formalización filosófica de la pregunta y los límites del conocimiento

Por: Jaime González Sanhueza / Periodista e investigador independiente, Chile

 

La pregunta por X

La historia de la filosofía y de la ciencia puede comprenderse, entre otras posibilidades, como una historia de preguntas. ¿De qué están hechas las cosas? ¿Qué es el tiempo? ¿Qué podemos conocer? ¿Cuál es el origen del universo? ¿Por qué existe algo y no más bien nada? Las respuestas han cambiado, pero también lo han hecho las preguntas y las condiciones históricas que permiten formularlas.

Este trabajo parte de un problema anterior a cualquier respuesta: ¿Cómo nombrar aquello por lo que preguntamos sin determinar anticipadamente qué es? Denominarlo ser, realidad, universo, totalidad, naturaleza o absoluto introduciría presupuestos ontológicos en la propia pregunta. Por ello se propone utilizar provisionalmente un signo deliberadamente indeterminado: X.

X no es una variable matemática ni una magnitud física. Tampoco constituye un nuevo nombre para el ser, Dios o el universo. Es una notación filosófica cuya primera función consiste precisamente en evitar una clausura prematura: X señala aquello que intentamos interrogar sin afirmar de antemano qué es.

Sin embargo, aparece inmediatamente una dificultad. Quien pregunta por X no se encuentra fuera de X. El sujeto pertenece también al campo que intenta comprender. Lo mismo sucede con su lenguaje, su posición espacio-temporal, su horizonte histórico y los instrumentos mediante los cuales observa.

Esta relación puede representarse mediante una formalización conceptual:

Q(X | S, t, e, h, L, I) ∈ X

donde Q representa la pregunta; S, el sujeto; t, el tiempo; e, el espacio; h, el horizonte histórico; L, el lenguaje; e I, los instrumentos disponibles.

La expresión no constituye una ecuación científica. Su función es hacer visible una dificultad epistemológica: preguntamos por X desde dentro de X. El observador no posee un punto exterior desde el cual contemplar exhaustivamente aquello que interroga. El cerebro investiga el cerebro; el lenguaje pregunta por los límites del lenguaje; una parte del universo construye instrumentos para investigar el universo.

Una X desquiciada

La segunda hipótesis sostiene que toda determinación histórica de X pasa a formar parte de una configuración posterior del propio campo interrogativo. Si denominamos D(Xt) a una descripción de X realizada en un momento determinado, podemos expresarlo conceptualmente como:

D(Xt) ∈ X(t+1)

De allí se desprende que X2026 ≠ X2058.

Esto no significa necesariamente que la realidad física cambie porque sea pensada. Cambian nuestros conocimientos, instrumentos, lenguajes, categorías y preguntas. Pero también cambia aquello que somos capaces de reconocer como desconocido.

Aquí aparece una de las hipótesis centrales de La X desquiciada: el conocimiento no sólo transforma lo desconocido en conocido; también produce nuevas formas de desconocimiento.

Por ello no puede asumirse necesariamente que ΔK > 0 implique ΔU < 0, donde K representa lo conocido y U lo desconocido. Un descubrimiento puede resolver un problema y simultáneamente revelar otros que anteriormente no podían formularse.

Existe incluso una forma más radical de ignorancia: aquello que todavía no sabemos preguntar. Una época no sólo desconoce determinadas respuestas; puede carecer de los conceptos, lenguajes o instrumentos necesarios para reconocer determinadas preguntas como posibles. Nuestra ignorancia también tiene historia.

Esta condición permite denominar a X como “desquiciada”. No porque sea irracional o porque cualquier respuesta resulte válida, sino porque no permanece definitivamente fijada mientras es interrogada. Toda descripción de X tiene una posición histórica y, al producirse, pasa ella misma a formar parte de aquello que podrá ser interrogado posteriormente. En este sentido, toda fotografía conceptual de X llega tarde.

Tiempo, observador y desconocimiento

La física moderna ofrece una imagen particularmente fértil para este problema. En la concepción newtoniana, espacio y tiempo podían pensarse como absolutos. La relatividad modificó profundamente esta arquitectura: la simultaneidad de acontecimientos espacialmente separados no constituye un “ahora” universal independiente del estado de movimiento del observador.

La astronomía introduce además otra experiencia del tiempo. Observar objetos distantes significa recibir información que necesitó tiempo para alcanzarnos. Cuando miramos profundamente hacia el espacio, observamos estados pasados de aquello que contemplamos.

Un observador hipotético situado a mil años luz de la Tierra recibiría actualmente información electromagnética que abandonó nuestro entorno aproximadamente mil años antes. Del mismo modo, la información producida hoy en la Tierra tardaría aproximadamente mil años en alcanzarlo.

La expresión de Hamlet, “The time is out of joint”, puede adquirir aquí una resonancia filosófica: el tiempo está fuera de quicio. No porque Shakespeare anticipara la relatividad, sino porque nuestra experiencia intuitiva de un presente único resulta insuficiente para describir determinadas escalas del universo.

X tiene, entonces, posición, historia y retardo. El observador recibe información proveniente de otros momentos y formula sus preguntas desde condiciones que también pertenecen al campo interrogado.

Una epistemología sin clausura

La X desquiciada no sostiene que el conocimiento sea imposible. Tampoco propone un relativismo según el cual todas las respuestas serían equivalentes. Podemos conocer fenómenos con extraordinaria precisión, contrastar hipótesis y descartar errores.

La propuesta es diferente: producir conocimiento no equivale a demostrar que hemos agotado todo aquello que puede ser conocido o preguntado. Por eso X mantiene deliberadamente su incógnita: X = ?

El signo de interrogación no representa un fracaso del conocimiento, sino una precaución filosófica frente a su clausura.

Existe además una consecuencia autorreferencial. Si X contiene la pregunta por X, debe admitir también la posibilidad de que la propia formulación de La X desquiciada resulte insuficiente, errónea o históricamente superada. Una teoría de X que excluyera de antemano su propia refutación contradiría aquello que pretende sostener.

Puede imaginarse, como experimento límite, una futura respuesta R* capaz de resolver aquello que actualmente señalamos mediante X. Esa respuesta podría incluso mostrar que algunas de nuestras categorías presentes eran insuficientes o que la pregunta estaba mal formulada.

En tal situación, X dejaría de funcionar como incógnita. Nuestra formulación permanecería solamente como parte de la historia de aquella respuesta: X2026 ∈ Hist(R*).

La notación es nuevamente filosófica y no matemática. Su significado es que una respuesta futura podría convertir nuestra X presente en registro de una forma histórica de ignorancia.

La X desquiciada propone, por tanto, una epistemología sin clausura: el sujeto conoce desde dentro del campo que interroga; cada conocimiento modifica las preguntas posteriores; y aquello que una época desconoce no se limita a las respuestas que todavía no posee, sino que comprende también las preguntas que aún no está en condiciones de formular.

Si algún día X pudiera resolverse exhaustivamente, este trabajo no aspiraría a permanecer como descripción definitiva de aquella respuesta. Podría convertirse exactamente en aquello cuya posibilidad reconoce desde su origen: un pequeño pie de página en la historia de lo desconocido.

Literatura citada

  • Einstein, A. (1905). Zur Elektrodynamik bewegter Körper. Annalen der Physik, 17, 891–921.
  • Gadamer, H.-G. (1960). Wahrheit und Methode. J. C. B. Mohr.
  • Hawking, S. W. (1975). Particle creation by black holes. Communications in Mathematical Physics, 43, 199–220.
  • Heidegger, M. (1927). Sein und Zeit. Max Niemeyer.
  • Kant, I. (1781/1787). Kritik der reinen Vernunft. Johann Friedrich Hartknoch.
  • Newton, I. (1687). Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica. Joseph Streater.
  • Shakespeare, W. (c. 1600–1601). Hamlet.

 

 

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