Ciencia Desnuda: Hegemonía, Neutralidad Illusoria y la Urgencia del Saber Sur

Por: Óscar Fernández Galíndez – Venezuela / Correo: osfernandezve@gmail.com

 

La ciencia moderna se erige sobre la dicotomía griega entre doxa (opinión) y episteme (conocimiento cierto), presentándose a sí misma como el paradigma único de racionalidad y objetividad. Sin embargo, bajo la lupa de una reflexión crítica, esta pretensión se revela como una construcción histórica y cultural, no exenta de los vicios que denuncia en la pseudociencia, la mala ciencia o la mera ideología. Thomas Kuhn, en su obra “La estructura de las revoluciones científicas”, ya desmontó la imagen acumulativa y aséptica del progreso científico, introduciendo la noción de paradigma como un consenso comunitario cargado de presupuestos invisibles. ¿Qué ocurre cuando ese consenso no es universal, sino la imposición hegemónica de una visión del mundo —la occidental— sobre el resto?

La llamada “ciencia hegemónica y hegemonizante” es un proyecto colonial que se extiende más allá de la política y la economía, penetrando en lo epistemológico. Se autoproclama neutra y universal, pero, como señala Boaventura de Sousa Santos desde la Epistemología del Sur, es una “monocultura del saber” que invisibiliza, descalifica y destruye otras formas de conocimiento no occidentales (indígenas, campesinas, espirituales). La supuesta neutralidad es una ficción peligrosa. Ejemplo flagrante es la influencia de las grandes corporaciones farmacéuticas en las publicaciones científicas: estudios con resultados adversos se ocultan, los diseños experimentales se sesgan para favorecer a un fármaco, y las revistas de alto impacto se convierten en altavoces de intereses mercantiles. La “objetividad” aquí es un producto de mercado.

La noción misma de objetividad debe cuestionarse duramente. No es que no exista un mundo real, sino que nuestro acceso a él está siempre mediado por marcos culturales, intereses y relaciones de poder. Donna Haraway, en su “Conocimiento situado”, argumenta que la objetividad no reside en un “ojo desde ninguna parte”, sino en una visión parcial y localizada que reconoce su posición. La ciencia dominante, en cambio, pretende ser el “ojo de Dios”, una perspectiva única y privilegiada. Esta arrogancia ignora que, como ya intuía el místico persa Yalal ad-Din Rumi, “la luz que recibes es proporcional a la ventana que abres”; la ciencia occidental ha cerrado todas las ventanas que no se ajustan a su método estrecho.

La metodología científica —hipotético-deductiva, cuantificadora, reproducible— es presentada como la única o la mejor forma de conocer. Pero esta metodología tiene debilidades estructurales: reduce lo complejo a variables manipulables, desprecia el conocimiento tácito y la experiencia subjetiva, y es ciega ante fenómenos que no puede medir. El filósofo Paul Feyerabend, en “Contra el método”, defendió el anarquismo epistemológico: “La única regla que no inhibe el progreso es: todo vale”. No se trata de caer en el relativismo absoluto, sino de reconocer que la realidad es poliédrica y exige una pluralidad de enfoques. La física cuántica, con su principio de complementariedad (Niels Bohr), ya nos enseñó que necesitamos descripciones aparentemente contradictorias para entender un fenómeno.

¿Por qué, entonces, la ciencia hegemónica pretende imponer una única forma de pensar? Porque es el brazo epistemológico del proyecto moderno-colonial, que busca control y predicción antes que comprensión y armonía. La tecnociencia contemporánea, aliada con el capital, convierte el conocimiento en patente y el saber en dominio. Frente a esto, la Epistemología del Sur no propone un rechazo ingenuo de toda ciencia, sino una ecología de saberes, donde el diálogo entre la ciencia crítica y otros conocimientos (como la ch’ixi de los aymaras o el ubuntu africano) pueda generar una nueva ciencia, una “ciencia con el Sur”. Una ciencia que no extraiga datos de comunidades para beneficio de corporaciones, sino que co-laboré con ellas; que valore la sabiduría de los ancianos sobre las plantas medicinales tanto como un ensayo clínico; que entienda la salud no como ausencia de enfermedad, sino como equilibrio con la naturaleza.

Conclusión y soluciones:

La descolonización de la ciencia es urgente. No se logrará con meros ajustes metodológicos, sino con un giro político-epistemológico radical. Primero, debemos pluralizar las epistemes, reconociendo la validez de otros sistemas de conocimiento en pie de igualdad dialógica. Segundo, es necesario desmercantilizar la investigación, promoviendo ciencia pública y abierta, libre de conflictos de interés corporativos. Tercero, hay que fomentar la interdisciplinariedad profunda, que incluya no sólo disciplinas académicas, sino a sabios tradicionales, artistas y comunidades. Finalmente, debemos adoptar una ética de la humildad, entendiendo que la ciencia es una herramienta poderosa, pero no la única, y que su fin debe ser la emancipación de la vida, no el control de ella. Como dijo Albert Einstein, “no podemos resolver nuestros problemas con el mismo pensamiento que usamos cuando los creamos”. Necesitamos un nuevo pensamiento, uno que lleve el aroma de la tierra del Sur.

Referencias

  • Bohr, N. (1934). Atomic Theory and the Description of Nature. Cambridge University Press.
  • De Sousa Santos, B. (2010). Descolonizar el saber, reinventar el poder. Ediciones Trilce.
  • Feyerabend, P. (1975). Contra el método. Ariel.
  • Haraway, D. (1988). Situated Knowledges: The Science Question in Feminism and the Privilege of Partial Perspective. Feminist Studies, 14(3), 575–599.
  • Kuhn, T. S. (1962). The Structure of Scientific Revolutions. University of Chicago Press.
  • Rumi, J. a.-D. (traducción de 2004). El Masnavi (A. J. Arberry, Trad.). Wordsworth Editions.

 

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