La disputa por la ciencia (Parte II)

Por: Salvador Gaete Luque / Chile / Instagram: @estoesfilosofia_

 

A mediados del siglo pasado, la revolución conductista llegó y transformó el estudio de las humanidades para siempre. Atrás quedaron los tiempos de Weber, Lacán, Durkheim y cuantos quisieron hacer de las humanidades una ciencia, pero sin ciencia. Loable interés, premiable propósito el de querer metodologizar formalmente las disciplinas que ayudan a mejorar las condiciones del hombre y entenderlo, pero como dijo Kant, solo las matemáticas garantizan la forma a priori de conocimiento verdadero. Eso lo sabían pensadores como Skinner o Carnap (responsable “espiritual” de este cambio paradigmático), quien desde antaño argumentaba, siguiendo la línea de Russell, que no había camino lógico para el progreso científico si no se tomaba en cuenta la lógica y la ciencia. Paradójico y paradigmático al mismo tiempo.

Pero este cambio llegó para quedarse, a pesar de todas las quejas del sicoanálisis, de la homeopatía, de los reclamos de la frenología e incluso de la grafología: no hay sustento lógico formal, ni simbólico (mucho menos estadístico) para “teorías” que parten de las conclusiones y buscan casos excepcionales como argumentos para justificarlas. Esto siempre lo tuvieron claro en las ciencias duras o naturales, pero no así los llamados “humanistas”, quienes, influenciados por Dilthey, Hegel e incluso Brentano, adoptaban una posición metafísica paracientífica (increíble en tiempos kantianos) que pretendía alcanzar el saber absoluto a través de formas renovadas de idealismo y de seudo objetivismo.

Sin embargo, esta revolución, que dio inicio al estudio de la sicología científica, de las ciencias políticas y otras, afectó más que a las disciplinas del “espíritu” (según decía Dilthey), sino que también introdujo algunos cambios ontológicos en lo que entendemos como práctica científica. Y eso lo notaron una serie de intelectuales de mitad de siglo, como Mario Bunge, Hilary Puntam o Willard Van O. Quine. Bunge notó que la ciencia era acumulativa, desafiando las tesis de Kuhn, que los modelos matemático estadísticos servían para llegar a conclusiones certeras en todas las disciplinas, desafiando las tesis de Feyerabend, y que no solo hay respuestas provisorias en la ciencia, sino que hay verdades, desafiando directamente a Popper. Para él, la ciencia debe ser racional, sistemática, debe contrastarse empíricamente, coherente, precisa, más que un simple cumulo de datos y totalmente dependiente de los entes formales del pensamiento abstracto, tales como electrones, genes, campos, números, etc.: todos son entidades reales. Bunge dedicó todo su trabajo a refutar distintas seudociencias y “terapias pop” con pretensiones científicas, luchando a favor de un realismo científico y bregando por una filosofía clara, concisa y científicamente responsable, que buscase un desarrollo sistemático del ser humano.

Putnam, por su parte, mucho más filósofo que científico, tampoco se quedó quieto con los avances del siglo. Comparó las interacciones humanas (mal teorizadas por la seudociencia praxeológica y la escuela austriaca de economía) con la maquina de Turing y desarrolló una tesis reveladora sobre los estímulos y resultados (input/output teoría); posteriormente, se sumergió en lo más abstracto de la matemática científica y exclamó, en un giro kantiano, que las teorías científicas no se corresponden exactamente con el mundo, sino con lo que entendemos como mundo, es decir, lo que creemos que es la realidad es, en realidad, lo que creemos que es la realidad y no objetivamente lo que es la realidad. Eso no niega, por supuesto, los avances científicos, sino que solo intenta ajustar el enfoque desde donde se observa la ciencia. A esto él llamó realismo interno, que mezcla realismo científico, epistemología trascendental kantiana y pragmatismo. Durante el resto de su vida, Putnam siguió activamente participando en los debates de la ciencia y de la filosofía, siendo uno de los más influyentes autores en teoría de la IA en relación con la filosofía de la mente del siglo pasado.

Quine, al haber transitado desde el positivismo lógico a la filosofía analítica, causó cierto impacto en lo que consideramos experimentación y lo que se concluye de ello. En su texto “Los dos dogmas del empirismo” sostiene que la frontera entre lógica, lenguaje y experiencia no es tan marcada, definitiva y clara como sostienen los científicos, además de postular que significado, sinonimia y definición dependen entre sí circularmente; también sostiene que es falso que cada proposición pueda reducirse a datos sensoriales inmediatos, pues además de anticientífico, la afirmación en sí misma no puede sostenerse mediante datos sensoriales. También concordaba con Lakatos en que las teorías científicas no se ponen a prueba aisladamente, pero llevó el punto más allá al postar que la ciencia se enfrenta a la experiencia como un bloque: Es lo que llamamos holismo confirmacional.

Muchos otros autores aportaron otras cosas importantes, pero el espacio en estas líneas llega a su fin, tal como le sucedía al milenio anterior: la ciencia estaba a punto de revolucionarse más aún con los avances de informática, inteligencia artificial y transhumanismo. Definitivamente, el mundo no volvió a ser el mismo con la llegada del siglo XXI y la ciencia tampoco.

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