Con machete en mano: lo que un voluntario siembra sin saber

SECCIÓN EDUCAR CIENCIA | Julio 2026 — Revista Petroglifos | Fundación Ceres Por: Melkin Garzón Haad y Francy Ríos López – Colombia

 

Francy y Felipe, cual campesinos con machete en mano, abriendo paso ante la falta de apetito intelectual.

 

Esa frase no la escribió un pedagogo. La construyó un estudiante en su monólogo: la forma que encontró, con sus propias palabras, de contar lo que vivió durante una semana en un club de ciencias. Con esa imagen —tan campesina, tan directa— describió a los voluntarios que lo acompañaron. Personas que llegaron sin que nadie les pagara, que abrieron camino aunque el terreno no invitara, y que no se fueron cuando el apetito intelectual tardaba en aparecer.

Así funcionan los voluntariados educativos. Llegas a un lugar que no conoces, con personas que no conoces, con poco tiempo y sin contrato que te ate. No te pagan. Probablemente no vuelves. Y aun así, algo ocurre. Algo que el aula de todos los días, con toda su estructura, no siempre logra.

No voy a hablar de un voluntariado en particular. Voy a hablar de lo que pasa cuando alguien decide donar su tiempo y su saber —con amor, con método— a estudiantes que muy probablemente no va a volver a ver.

Lo primero que esos estudiantes notan es algo sencillo: que estás ahí. Los chicos están acostumbrados a que sus profes tengan horario, salario y unos mínimos que cumplir. Es lógico, es legítimo. Pero cuando llega alguien que no cobra, que se desplazó desde otro lado, que da mucho más de lo mínimo sin esperar nada… algo se quiebra. Ya no ven a un docente cumpliendo una función. Ven a alguien que eligió estar ahí. Y eso, por sí solo, ya los mueve de otra manera.

Vygotsky (1978) describió la Zona de Desarrollo Próximo como el espacio entre lo que uno puede hacer solo y lo que logra cuando alguien más capaz lo acompaña. Lo que los voluntariados demuestran es que ese “alguien” no tiene que quedarse para siempre para hacer la diferencia. A veces basta con aparecer en el momento justo, con la disposición correcta.

Y la forma en que aparece importa. No son 45 minutos que se cortan con el timbre. Son horas de inmersión en un problema real: el estudiante construye, se equivoca, lo intenta de otro modo y llega a algo que antes no existía. Kolb (1984) llamó a esto aprendizaje experiencial: vivir, reflexionar, extraer algo de esa reflexión y volver a aplicarlo. Un voluntariado bien llevado recorre ese ciclo completo, no en un semestre, sino en días. Y cuando el reto y la habilidad del estudiante se encuentran de verdad —lo que Csikszentmihalyi (1990) llamó flujo—, el tiempo desaparece. Llevas horas trabajando y no te diste cuenta. Eso no es suerte: es diseño pedagógico.

Y uno de los errores más comunes es pensar que el conocimiento va en una sola dirección. El voluntario que llega a un territorio que no es el suyo tiene tanto que aprender como que enseñar. ¿Qué tiene que ver el universo con esta ciudad? ¿Cómo podría la energía solar resolver un problema concreto de este barrio? Esas preguntas no las responde el voluntario solo. Las trabaja junto con los estudiantes, porque ellos conocen el territorio y el voluntario conoce la ciencia. Freire (1970) lo llamó educación dialógica: dos saberes que se encuentran y producen algo que ninguno hubiera llegado solo. Lo que queda en el estudiante no es un dato. Es una revelación: yo puedo conectar lo que sé de mi lugar con lo que existe en el mundo.

Hattie (2009) encontró que lo que más impacta el aprendizaje combina relación cercana, retroalimentación inmediata y desafío real. Los voluntariados bien diseñados tienen las tres, en un formato que la escuela regular, con sus tiempos y sus lógicas, rara vez puede darse. Pero hay algo que los datos no capturan fácil: el voluntario llega sin historial. No sabe quién “es el difícil” ni quién “nunca termina nada”. Llega sin ese archivo, ve al estudiante de otra manera, y el estudiante lo siente. A veces eso solo ya mueve algo. Eso es lo que siembra un voluntario sin saber que lo está sembrando.

Una invitación para quien tiene un saber

No hace falta ser docente de profesión para hacer un voluntariado educativo. Hace falta tener un saber, la disposición de compartirlo y el compromiso de hacerlo con método, con amor y con respeto por el territorio al que se llega.

Si eres profesional, investigador, artista, técnico, científico o estudiante avanzado, y nunca has pensado en voluntariarte para trabajar con niños, niñas o jóvenes: este es el momento de pensarlo. No tiene que ser un año. Puede ser una semana. Puede ser un día intenso y bien diseñado.

Porque donar tiempo con amor —tiempo real, donde el otro importa— es quizás el acto educativo más poderoso que existe. Y quienes lo reciben, aunque nunca más vuelvan a ver al voluntario, difícilmente lo olvidan.

El machete abre camino aunque el terreno no invite. Eso es lo que hace quien decide, una vez en la vida, salir de su contexto habitual y poner su saber al servicio de alguien que lo necesita.

Referencias

  • Csikszentmihalyi, M. (1990). Flow: The psychology of optimal experience. Harper & Row.
  • Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.
  • Hattie, J. (2009). Visible learning: A synthesis of over 800 meta-analyses relating to achievement. Routledge.
  • Kolb, D. A. (1984). Experiential learning: Experience as the source of learning and development. Prentice Hall.
  • Vygotsky, L. S. (1978). Mind in society: The development of higher psychological processes. Harvard University Press.

 

 

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