Cuando el ego pesa más que la ciencia: los obstáculos para construir una verdadera divulgación científica

SECCIÓN EDUCAR CIENCIA | Julio 2026 — Revista Petroglifos | Fundación Ceres Por: Melkin Garzón Haad y Francy Ríos López – Colombia

En el contexto científico, encontramos constantemente iniciativas que generan un impacto significativo en el ámbito local: conferencias cuyos contenidos pueden despertar el interés de públicos diversos, talleres que acercan el conocimiento a las comunidades y actividades que, con el tiempo, pueden encontrar nuevas aplicaciones en otros escenarios. Todas estas acciones forman parte de lo que conocemos como eventos de divulgación científica, espacios que, en muchos casos, son organizados por entidades públicas, universidades, instituciones educativas y organizaciones que buscan acercar los avances de la ciencia a la sociedad.

Detrás de cada evento de divulgación existe un equipo organizador que hace posible que estos espacios lleguen a las comunidades. Su labor merece ser reconocida, especialmente porque muchos de estos eventos son de acceso libre y tienen como propósito fundamental llevar la ciencia más allá de los círculos académicos y profesionales, convirtiéndola en un conocimiento accesible para todos. Con el paso de las ediciones, algunos de estos encuentros adquieren mayor reconocimiento y construyen una identidad propia, generando respeto, interés y admiración entre quienes participan. Colombia cuenta con numerosos eventos científicos que se han convertido en escenarios de encuentro entre investigadores, estudiantes, divulgadores y comunidades. Para muchas personas, estos espacios representan incluso su primer acercamiento a la ciencia. Y es precisamente en estos encuentros donde también pueden surgir nuevas ideas, proyectos e iniciativas. Una conversación, una conferencia, un taller o una experiencia compartida puede convertirse en el punto de partida para proyectos que posteriormente generan impacto en distintos territorios. Por eso, los eventos de divulgación científica no deberían entenderse únicamente como actividades aisladas, sino como espacios capaces de conectar personas, despertar vocaciones, fortalecer comunidades y sembrar las bases para nuevas iniciativas científicas y sociales.

Es por esto que debemos procurar que los espacios que desarrollamos trascienden los lugares donde originalmente son gestionados. La oportunidad que ofrecemos a una comunidad también debería poder llegar a otras. Si nuestra misión es democratizar el conocimiento, entonces la divulgación no puede estar limitada por fronteras institucionales, territoriales o personales. Compartir una experiencia, una metodología o una iniciativa no debería significar perderla, sino multiplicar su alcance y permitir que otras comunidades también puedan beneficiarse de ella. No obstante, dentro de nuestro ejercicio como divulgadores científicos, existe un obstáculo que muchas veces olvidamos reconocer y, sobre todo, combatir: la dificultad para aceptar las diferencias de opinión.

Es completamente válido que cada persona tenga una idea distinta sobre cómo debe divulgarse la ciencia. Podemos tener metodologías diferentes, prioridades distintas e incluso visiones contrapuestas sobre la manera más adecuada de acercar el conocimiento a una comunidad. Lo que no debería ocurrir es que esas diferencias terminen alejándonos de la posibilidad de trabajar juntos por un objetivo social que debería ser común. Lastimosamente,

en ocasiones creemos que poseemos la verdad sobre cómo deben hacerse las cosas. Esa convicción puede llegar a cegarnos frente a las propuestas de los demás y hacernos olvidar que la idea de otra persona también puede ser válida, aportar elementos diferentes e incluso complementar aquello que nosotros estamos desarrollando. Esta idea de ser “yo” quien tiene la respuesta, quien conoce la manera correcta de divulgar o quien posee la única forma válida de hacer las cosas también puede terminar contagiando a los propios eventos científicos. Poco a poco, lo que debería ser un espacio de encuentro puede convertirse en un escenario donde la colaboración depende de compartir exactamente el mismo punto de vista.

Y es ahí donde surge un problema que vale la pena cuestionarnos: ¿qué sucede cuando nuestras diferencias dejan de ser una oportunidad para construir y comienzan a convertirse en una razón para no colaborar?

Aquí nace lo que ha empezado a gestarse en algunos eventos científicos: ideales y convicciones cada vez más radicales sobre la manera en que debe entenderse y desarrollarse la divulgación. Irónicamente, estas posturas pueden surgir del mismo reconocimiento que hemos obtenido con nuestros eventos. El crecimiento, la visibilidad y el reconocimiento de un espacio pueden llevarnos a olvidar que ese espacio científico no existe por sí mismo ni pertenece exclusivamente a quienes lo organizan; existe gracias a las personas, instituciones y comunidades que lo hacen posible y le dan sentido. Cuando comenzamos a percibir otras iniciativas como una amenaza para aquello que hemos construido, dejamos de entender la divulgación como un propósito colectivo y empezamos a verla como un territorio que debemos proteger. Individualizados tanto nuestros proyectos que terminamos compitiendo por cuál tiene más visualizaciones, cuál es más relevante, cuál logra mayor cobertura en medios o cuál consigue mayor reconocimiento público. La situación puede llegar incluso a extremos en los que se intenta limitar o desestimular la colaboración. Hay ocasiones en las que una persona pregunta por otro evento científico, por una iniciativa o por el trabajo de un colega, y en lugar de facilitar esa conexión, terminamos cerrando las puertas, desviando la conversación o incluso deslegitimar el trabajo de otros. Como si recomendar otro espacio significa restarle valor al nuestro.

Y entonces surge una contradicción difícil de ignorar: ¿cómo podemos hablar de democratizar el conocimiento si nosotros mismos ponemos barreras para que las personas conozcan otras iniciativas científicas?

Resulta difícil entender cómo hemos llegado a hablar de una ciencia más abierta, de la necesidad de que los países compartan sus descubrimientos y de que el conocimiento debe estar al servicio de la humanidad, cuando nosotros mismos no somos capaces de dejar a un lado nuestras diferencias para trabajar juntos. No podemos exigirle al mundo colaboración científica si, desde nuestros propios espacios, seguimos construyendo barreras entre quienes persiguen objetivos similares.

Por eso, considero que son los jóvenes científicos y divulgadores que hoy se están formando quienes tienen la oportunidad de romper este ciclo. No necesariamente haciendo las cosas

como se han hecho hasta ahora, sino cuestionando aquello que nos ha impedido avanzar y demostrando que el futuro puede construirse desde la colaboración, el respeto por las diferencias y la capacidad de reconocer el valor de las iniciativas de los demás. El mañana de la ciencia no debería estar definido por quién tiene el evento más grande, más asistentes, más visualizaciones o mayor reconocimiento. Debería estar definido por nuestra capacidad de hacer que el conocimiento llegue cada vez a más personas y a más territorios.

Porque, por encima de nuestros ideales, nuestras metodologías, nuestras instituciones y nuestras diferencias, existe un objetivo que debería unirnos a todos: llevar la ciencia a todos.

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