Hablemos del método científico

Por: Salvador Gaete Luque / Chile / Instagram: @estoesfilosofia_

Se asume que cuando hablamos del Método Científico hablamos del método que ha hecho a la ciencia el constructo humano más exitoso de la historia. Se asume su naturaleza, su proceder, su efecto: básicamente, su univocidad. Esta última es, sin duda, la primera y la principal de las presunciones que se hacen al respecto y, sin embargo, es una de las más problemáticas. ¿Por qué? Porque, a pesar de poder definir el MC en términos generales, no podemos definirlo puntualmente. ¿Existe EL Método Científico, entendido como una sola conceptualización? ¿Funciona el Método Científico como un solo procedimiento para cada una de las ciencias?

Para aquellos que nos desenvolvemos en el mundo de las ciencias y de su filosofía, esta pregunta indudablemente nos lleva a la teorización popperiana: el método hipotético deductivo. Esta suerte de ciclo de razonamientos, que nace con una inducción en forma de hipotetización, luego trabaja con el razonamiento deductivo en un silogismo profundo de su estructura lógica y procede a ser últimamente una inducción con carácter de ley ha venido funcionando sin mucho cambio, en primera plana, desde los tiempos de Newton. Anterior a este, la ciencia no tenía un método propio como tal y resultaba ser cualquier cosa. Es por ello que los autores que adhieren a ciertas tradiciones pre kantianas (por ejemplo, los tomistas) llaman ciencia a cualquier corpus con un método medianamente ordenado, categorización que nace desde la más purista inspiración aristotélica, resultando en el nombramiento de la filosofía como una más de las “ciencias”. Sin embargo, gracias a los desarrollos de Descartes, Bacon y los tres grandes astrónomos, Newton encontró un hilo conductor entre todo lo que se venía conjugando: la experimentación era la expresión del conocimiento sensible y, por lo tanto, el conocimiento más concreto que teníamos a mano.

Debía ser cierto todo lo que se lograse con la experimentación. Y pues había que ponerle un lenguaje. En esto él y Leibniz le prepararon el camino a Kant, quien depuró toda la noción anterior, discriminó qué era y que no era ciencia con un criterio que se ha mantenido inamovible básicamente hasta el día de hoy: da lo mismo si su objeto de estudio es formal o material. Mientras su procedimiento sea probado a través de las matemáticas y la lógica, que son los lenguajes universales por antonomasia y predictores infalibles por defecto. Y ojo que este criterio no es antojadizo, sino que se puede abstraer de todo el camino anterior a él: solo es cierto lo que podemos demostrar como tal, que puede ser universalizable y que es epistemológicamente necesario.

Sin embargo, el Positivismo (hijo bastardo del criticismo kantiano en cuanto a lo científico y padre innegable del neopositivismo del Círculo de Viena) pervierte la noción de verificacionismo trascendental y asume como ciencia solo lo que sigue el camino de la experimentación dura y el dogma empirista: lo que se ve y lo que se toca, es lo que convoca. Esta especie de destilado de Descartes, Newton, Hume y Kant es lo que hizo que el saber “popular” creyese que solo es ciencia lo que el criterio materialista dictaminase, esto es, lo que tradicionalmente se conoce como ciencias naturales. Pero nada más lejos de la verdad. ¿Cómo se puede aplicar la replicabilidad de la que tanto habla Popper a los estudios de una supernova o un terremoto? ¿Somos capaces de reproducir tales fenómenos en un ambiente controlado? Y es aquí en donde nos damos cuenta de que el método hipotético-deductivo no engloba a todo quehacer científico.

En los casos de la supernova y del terremoto, la medición y recopilación de datos es fundamental. No obstante, los datos no hablan por sí solos (esa es otra mentira del positivismo). Cada dato puede ser interpretado de forma distinta según cada cosmovisión, cada dato puede decir realmente cosas contrarias si el marco teórico o la interpretación filosófica así lo estiman conveniente. No existe el dato puro. Existe el dato y existe la nube conceptual en la que leemos y damos a conocer el dato. Así, por ejemplo, las vibraciones que anteceden al terremoto pueden separarse de un movimiento sísmico distinto. Se puede, con ello, hablar de 2 sismos que se dan en cierta proximidad de placas en una zona de subducción con más de 2 placas o se puede hablar de un enjambre que corresponde a un sistema mayor de movimientos. Esto es, podemos separar realmente la correlación de la relación causal. Y es que, en el caso de estos fenómenos naturales, supernova y terremoto, la replicabilidad importa poco. La experimentación se escapa del control humano, pero no así su interpretación.

Entonces, esta experimentación ya no es central (como pretendían los positivistas), sino lo que se hace con los datos. Y el cómo leer realmente estos datos hacen que, finalmente, estos datos hablen. Este hablar no es un hablar normal, debe ser guiado por un correcto modelo teórico que solo será hallado si abrazamos el método correcto para parcela de realidad. No sirve la experimentación experimental es gran parte de la física teórica y no por ello deja de ser ciencia. En estos casos, en donde el método hipotético-deductivo no da abasto, debemos aceptar que la deducción toma un lugar principal, aún cuando convive con la inducción de la primera hipótesis, la explicación se alcanza mediante el razonamiento de la mejor causa aparente y posible. Y aquí nos damos cuenta de que, aunque no lo queramos, no hemos podido superar totalmente a Aristóteles.

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