La geoarqueología en Colombia: una mirada desde las ciencias de la Tierra al registro humano del pasado

Por: Andrés Arteaga Villarreal  – Antropólogo-Arqueólogo  Investigador independiente en Arqueología  / Colombia Correo: artevilla48@gmail.com

 

La arqueología se ha ocupado durante décadas de estudiar la cultura material que las sociedades del pasado dejaron enterradas. Pero esa cultura material no llegó intacta hasta nosotros, el suelo actuó sobre ella. La relación entre los vestigios y los suelos que los contienen es el resultado de procesos geológicos, pedogenéticos y geomorfológicos que actúan sobre el registro arqueológico durante siglos, transformándolo, conservándolo o destruyéndolo. Entender esos procesos no es un complemento para la arqueología. Es lo que le permite hacer mejores interpretaciones sobre el pasado.

Este ensayo explora precisamente ese punto de encuentro: el lugar donde los aportes de las geociencias permiten a la arqueología interpretar los contextos con una profundidad que de otra forma no sería posible. A partir de investigaciones recientes en Colombia, se argumenta que integrar esa perspectiva geocientífica desde el inicio del trabajo de campo no es una decisión metodológica optativa sino la condición mínima para interpretar con rigor lo que el pasado dejó enterrado.

Leer la tierra antes de leer los objetos

Figura 1 Registro de perfil estratigráfico durante trabajo de campo. Elaboración propia (2025).
Figura 1: Registro de perfil estratigráfico durante trabajo de campo. Elaboración propia (2025).

 

Hay una pregunta que cualquier arqueólogo se hace tarde o temprano en campo, casi siempre mientras está de rodillas frente a un perfil estratigráfico con el palustre en la mano: ¿este objeto llegó aquí por decisión humana, o fue arrastrado de su deposición original? La respuesta no está en el objeto. Está en el suelo que lo rodea, en la forma en que se depositaron los sedimentos encima y debajo, en la inclinación de las capas, en el color de la matriz. Está, en otras palabras, en el análisis geoarqueológico.

Decirlo así suena obvio. Pero durante décadas, buena parte de la arqueología latinoamericana trabajó como si los sedimentos en los que se hallaba el material arqueológico, fuera solo el contenedor, el envoltorio desechable de los artefactos que de verdad importaban. Se describían sedimentos con criterios estratigráficos básicos, se anotaba la profundidad, y listo. El contexto geológico quedaba relegado a unas pocas líneas en el informe, cuando aparecía. La tierra que sostuvo a las poblaciones del pasado, que las alimentó, que las inundó o las preservó, no tenía voz propia en el relato arqueológico.

Eso ha ido cambiando. Y para entender hacia dónde va ese cambio, vale la pena detenerse un momento en los fundamentos disciplinares antes de entrar de lleno a los casos colombianos que motivan este trabajo.

¿Qué entendemos por Geoarqueología?

La geoarqueología, en términos simples, es la aplicación de conceptos y métodos de las ciencias de la Tierra al estudio del registro arqueológico. Pero esa definición, aunque correcta, es un poco básica. Lo que realmente hace la disciplina es preguntarse cómo se formó el depósito en el que encontramos los vestigios, qué procesos naturales o humanos lo alteraron después, y qué parte de lo que vemos hoy refleja el comportamiento del pasado y qué parte es el resultado de lo que el ambiente hizo con ese registro a lo largo del tiempo.

Esa distinción, que parece filosófica, tiene consecuencias prácticas enormes. por ejemplo, un mismo fragmento de cerámica hallado en el horizonte B de un Latossolo[1] y otro encontrado en el horizonte A de un suelo aluvial cuentan historias completamente diferentes, no por lo que son, sino por dónde están y cómo llegaron ahí. Como lo demuestran los trabajos compilados por Rubin de Rubin y Theodoro da Silva (2008) en el volumen Geoarqueologia: teoria e prática, la pedología (el estudio de los suelos) es quizás la disciplina más subestimada dentro de la arqueología brasileña y, por extensión, latinoamericana. Sus autores son directos al respecto: los aspectos pedológicos suelen ser ignorados en la descripción de pozos de prueba y en las estructuras de excavación, cuando deberían ser el punto de partida del análisis contextual.

Figura 2 Representación esquemática de la relación entre horizontes de suelo y la depositación de vestigios arqueológicos en contextos aluviales. Adaptado de Rubin de Rubin e Theodoro da Silva (2008, p. 61.Fig 12).
Figura 2 : Representación esquemática de la relación entre horizontes de suelo y la depositación de vestigios arqueológicos en contextos aluviales. Adaptado de Rubin de Rubin e Theodoro da Silva (2008, p. 61.Fig 12).

 

El registro arqueológico, en la mayoría de los casos, no flota en el aire. Está dentro del perfil del suelo. Y ese perfil es la consecuencia acumulada de procesos pedogenéticos, deposicionales y postdeposicionales que pueden durar siglos o milenios. Entender la génesis de un horizonte (si es un horizonte A antrópico, un horizonte Ab enterrado, una capa C sin mayor alteración pedogenética) cambia radicalmente la lectura de lo que contiene. Rubin et al. lo ilustran con detalle: la distribución de los vestigios culturales en los distintos horizontes del suelo permite construir hipótesis sobre el contexto ambiental o paleoambiental asociado a cada sitio, y eso exige que el arqueólogo tenga conocimientos básicos de pedología, especialmente en lo que respecta a la génesis de los tipos de suelos y las características de sus horizontes (Rubin de Rubin & Theodoro da Silva, 2008).

Dicho de otro modo: no alcanza con saber que en un lugar hubo gente. Hay que entender qué hizo el suelo con las huellas que esa gente dejó.

Los procesos de formación: depósitos y transformaciones

Uno de los aportes más útiles de la tradición geoarqueológica (desarrollada principalmente en América del Norte y Europa desde los años sesenta, y sistematizada en América Latina con mayor fuerza desde la década del noventa) es la distinción entre procesos de formación culturales y procesos de formación naturales. Schiffer (1983; 1987), cuyo trabajo sigue siendo referencia obligada, propuso separar el registro arqueológico primario del secundario, justamente para poder identificar qué parte del depósito refleja el comportamiento de quienes lo generaron y qué parte es el resultado de transformaciones posteriores.

Pero eso, en la práctica, no siempre es tan claro. Un depósito en un abrigo rocoso, como los que estudia Bitencourt (1998) en la Serra do Ramalho, en Bahía, puede tener simultáneamente componentes geogénicos, antropogénicos y biogénicos, todos mezclados en la misma matriz sedimentar. Las concreciones carbonáticas, los coprólitos de gastrópodos, las cenizas de fogones, los fragmentos líticos y los restos de fauna pueden coexistir en el mismo nivel, cada uno con una historia de formación distinta

Ahí es donde entran la lectura estratigráfica, la granulometría, la geoquímica, el análisis mineralógico y los estudios pedoestratigráficos. No como complemento del análisis arqueológico, sino como parte constitutiva de él.

¿Por qué esto importa en Colombia?

Traemos este marco conceptual al caso colombiano porque aquí, en los últimos años, ha habido un crecimiento notable de investigaciones que trabajan exactamente desde esa perspectiva. No es que antes no existieran; es que ahora tienen más masa crítica, más metodología explícita, y (esto no es menor) más conciencia de que el diálogo entre geólogos, pedólogos y arqueólogos no es un lujo académico sino una necesidad interpretativa.

La geoarqueología, entendida como una transdisciplina que integra la arqueología con las geociencias, tiene como propósito central interpretar las evidencias materiales del pasado dentro de una secuencia temporal coherente, considerando tanto los factores naturales como los culturales que inciden en la formación del registro arqueológico (Waters, 1992, como se citó en Posada Restrepo, 2020). No se trata únicamente de recuperar artefactos o piezas; la lectura del suelo, las secuencias sedimentarias, las geoformas del relieve y los horizontes pedológicos son tan elocuentes como el material cultural mismo. A partir de esa integración, es posible reconstruir paisajes del pasado, evaluar los contextos deposicionales de los sitios y aproximarse, con mayor rigor, a la relación que las poblaciones prehispánicas establecieron con su entorno físico. De ahí que los patrones de asentamiento que emergen de estos análisis no sean solo datos arqueológicos, sino verdaderas claves paleoambientales.

Figura 3 Ciclo metodológico de la geoarqueología. Elaboración propia con apoyo de Napkin AI (2026).
Figura 3: Ciclo metodológico de la geoarqueología. Elaboración propia con apoyo de Napkin AI (2026).

 

La disciplina tiene sus raíces en la segunda mitad del siglo XX. El término geoarchaeology fue acuñado por Karl Butzer en 1973, y en 1992, Michael Waters publicó el primer volumen dedicado exclusivamente al campo. Ambos son reconocidos como figuras centrales en la consolidación de la geoarqueología como disciplina interdisciplinaria (Favier Dubois et al., 2020). Desde entonces, la colaboración entre geólogos y arqueólogos en el análisis de los depósitos que contienen restos humanos se ha vuelto, más que una opción metodológica, una exigencia interpretativa.

Técnicas propias de la geología, la geomorfología y la sedimentología permiten hoy identificar procesos naturales como, inundaciones, erosión, evolución pedogenética o qué acciones antrópicas (construcción, agricultura, abandono de sectores)  condicionaron la formación y conservación de los yacimientos que estudiamos.­ La figura 4 ilustra precisamente esa lectura integrada del paisaje: procesos erosivos, transporte aluvial, planicie de inundación y área de excavación coexistiendo en un mismo entorno.

Figura 4 Lectura geomorfológica del entorno de un sitio arqueológico. Elaboración propia (2024).
Figura 4: Lectura geomorfológica del entorno de un sitio arqueológico. Elaboración propia (2024).

 

En Colombia, esta perspectiva viene ganando terreno. Un caso que merece atención es el del Grupo de Investigación en Geoarqueología (GIGA) de la Universidad de Caldas, liderado por Mario Bermúdez Restrepo, cuyas investigaciones en La Dorada, Caldas, han producido resultados de relevancia continental. En el área del centro poblado de Guarinocito, al sur de la cuenca media del río Magdalena, el equipo identificó y analizó un paleosuelo del Holoceno Medio con evidencias directas de actividad antrópica, materializadas en materiales líticos tallados.

A partir de análisis físicos y químicos (pH, materia orgánica y concentración de bases por absorción atómica), fue posible elaborar una correlación pedoestratigráfica del área y proyectar espacialmente los procesos pedogenéticos que dieron lugar a secuencias similares, con o sin ocupación. Los resultados muestran que las condiciones de estabilidad medioambiental sobre los depósitos aluviales del fondo del valle fueron complejas pero aptas tanto para la pedogénesis como para la presencia humana, con horizontes Ab y ACb bien desarrollados, formados durante el período Norgripiano, una subdivisión del Holoceno Medio (Bermúdez Restrepo, 2025).

Que estas terrazas aluviales hayan conservado tal secuencia es, desde nuestra perspectiva, un dato que no puede pasarse por alto. Tal como se evidencia en la figura 5, el color oscuro del horizonte sepultado (el que se evidencia en la parte inferior del perfil) es el indicador físico de la acumulación de materia orgánica persistente, rasgo diagnóstico de condiciones ambientales estables y prolongadas que favorecieron tanto la pedogénesis como la presencia humana en este sector de la cuenca media del Magdalena.

Figura 5: Perfil pedoestratigráfico en el yacimiento UC001.Fuente: Bermúdez Restrepo (2025, p. 62, Fig. 6).
Figura 5: Perfil pedoestratigráfico en el yacimiento UC001.Fuente: Bermúdez Restrepo (2025, p. 62, Fig. 6).

 

En la Sierra Nevada de Santa Marta, otro frente de trabajo ofrece resultados igualmente significativos desde una perspectiva geoarqueológica. En la microcuenca de la quebrada El Congo, localizada en el municipio de Ciénaga, departamento del Magdalena, Vargas Ruíz et al. (2022) condujeron un reconocimiento arqueológico de cubrimiento total sobre 20 km² con el objetivo de caracterizar los patrones de distribución de la población prehispánica a escala regional. El reconocimiento documentó más de 140 sitios arqueológicos pertenecientes a los períodos Neguanje (~400 d. C. a 1100-1200 d. C.) y Tairona (~1100-1200 d. C. a 1600 d. C.), revelando no solo la densidad del poblamiento sino su variabilidad funcional en el paisaje: lugares centrales con complejidad arquitectónica vinculados posiblemente al ceremonialismo y el intercambio, asentamientos medianos orientados a la producción agrícola y artesanal familiar, y sitios periféricos de menor escala que sugieren una jerarquía de asentamientos integrada en dos o tres comunidades supralocales (Vargas Ruíz et al., 2022). Pero quizás el dato más provocador que arroja el reconocimiento es otro. Durante el período Neguanje, la mayor concentración de asentamientos no se registró en los suelos más fértiles sino en los de menor capacidad productiva.

Eso, en términos geoarqueológicos, no es un error de localización,  es una señal. Las comunidades que ocuparon la microcuenca no estaban simplemente buscando tierra buena para sembrar; estaban tomando decisiones territoriales que respondían a lógicas de control, prestigio y organización social que el suelo solo puede iluminar si se lee junto al registro material, no por separado. La topografía quebrada, la vegetación densa, las lluvias  (todo eso que los investigadores describen como limitaciones de campo)  es en realidad el archivo físico que explica por qué los depósitos están donde están, por qué algunos se conservaron y otros no. No es un problema de método. Es la geomorfología actuando sobre el registro, como lo ha hecho siempre.

Figura 4: Distribución de la población en relación con las unidades de suelo durante el período Neguanje, microcuenca del Congo. Nótese la concentración de sitios en las unidades de menor fertilidad. Fuente: Vargas Ruíz et al. (2022, p. 135, Fig. 42)
Figura 6: Distribución de la población en relación con las unidades de suelo durante el período Neguanje, microcuenca del Congo. Nótese la concentración de sitios en las unidades de menor fertilidad. Fuente: Vargas Ruíz et al. (2022, p. 135, Fig. 42)

 

Vale precisar que el trabajo de Vargas Ruíz et al. (2022) no se inscribe formalmente en el enfoque geoarqueológico, su enfoque es el reconocimiento arqueológico regional y el análisis de la complejidad social prehispánica. Sin embargo, su valor como ejemplo en este ensayo reside en algo que los propios autores reconocen implícitamente: las condiciones ambientales y los procesos de formación y posdeposición de los depósitos arqueológicos impidieron la detección del 100% de los sitios en el área de estudio. Esa limitación no es un problema metodológico menor es, en términos geoarqueológicos, la demostración de que el paisaje y el suelo no son el escenario neutral del registro sino sus co-productores. Leer la distribución de asentamientos sin leer simultáneamente la geomorfología de la sierra, la dinámica de sus quebradas y la capacidad diferencial de conservación de sus suelos equivale a leer solo la mitad del texto. El caso de la microcuenca del Congo ilustra con claridad por qué la integración geoarqueológica no es optativa en ningún estudio de patrón de asentamiento a escala regional.

La geoarqueología no es un complemento técnico de la arqueología. Es su condición de posibilidad interpretativa. Sin una lectura rigurosa de los procesos geológicos, pedológicos y geomorfológicos que actúan sobre los yacimientos, cualquier conclusión sobre el comportamiento humano del pasado queda construida sobre un suelo mal leído.

Los dos casos presentados en este ensayo lo demuestran desde ángulos distintos. En La Dorada, Caldas, el grupo GIGA mostró que las terrazas aluviales del Magdalena Medio conservaron una secuencia pedoestratigráfica del Norgripiano que no solo evidencia condiciones ambientales aptas para la ocupación humana sino que permite reconstruir, con datos físicos y químicos verificables, el paleoambiente en el que esas comunidades vivieron. El horizonte oscuro no miente, acumula, conserva y cuenta. En la microcuenca del Congo, Sierra Nevada de Santa Marta, el reconocimiento regional de Vargas Ruíz et al. (2022) reveló que la distribución de más de 140 sitios arqueológicos no puede explicarse sin considerar la topografía, la dinámica hídrica y la variabilidad edáfica de la sierra como variables activas. El paisaje no fue el fondo sobre el que ocurrió la historia Tairona y Neguanje, fue uno de sus protagonistas.

En Colombia se han ido desarrollando investigaciones de esta naturaleza. Lo ideal es que la integración geocientífica deje de ser la excepción y se convierta en norma desde las etapas tempranas del trabajo de campo, no como corrección posterior cuando el registro ya está comprometido, sino como parte constitutiva del diseño de investigación desde el primer día.

El suelo y el material cultural hablan el mismo idioma. La geoarqueología los traduce juntos. Y si algo enseñó Binford es que las limitaciones de la arqueología no son físicas sino epistemológicas, no están en la falta de datos, sino en la disposición con la que nos acercamos al registro (Díaz, 2022). Leer el suelo, los sedimentos y las geoformas del paisaje no es entonces un lujo técnico. Es una obligación intelectual. Los datos ya están ahí, enterrados, estratificados, esperando.

Referencias

  • Bermúdez Restrepo, M. A. (2025). Un paleosuelo del Holoceno Medio con huellas de ocupación en la cuenca media del río Magdalena, Colombia. Revista do Museu de Arqueologia e Etnologia. Publicación anticipada en línea.
  • Butzer, K. W. (1973). Spring sediments from the Acheulian site of Amanzi (Uitenhage District, South Africa). Quaternaria, 17, 299–319.
  • Butzer, K. W. (1982). Archaeology as human ecology: Method and theory for a contextual approach. Cambridge University Press.
  • Díaz , W. L. (2022). Manual de arqueología del norte de Colombia.  Editorial Unimagdalena.  https://doi.org/10.21676/9789587465020
  • Favier Dubois, C. M., & Storchi Lobos, D. (2020). Introducción a la geoarqueología: Clases del curso virtual GEGAL (1.a ed. ampliada). El Tabaquillo.
  • Posada Restrepo, W. A. (2020). Arqueología en territorios de incandescencia: Una aproximación geográfica a los procesos de cambio social y ambiental bajo las condiciones de volcanismo activo (Cordillera Central de Colombia). Instituto Colombiano de Antropología e Historia.
  • Rubin de Rubin, J. C., & Theodoro da Silva, R. (Eds.). (2008). Geoarqueologia: teoria e prática. Editora da UCG.
  • Schiffer, M. B. (1983). Toward the identification of formation processes. American Antiquity, 48(4), 675–706. https://doi.org/10.2307/280024
  • Vargas Ruíz, J. C., Londoño Díaz, W., & Soto Rodríguez, L. M. (2022). Arqueología de la microcuenca El Congo: Sierra Nevada de Santa Marta. Editorial Unimagdalena.
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