Por: Juan Sebastián Otero Toncell / Adscripción: Semillero Metales Pesados. Programa Ingeniería Geológica. Fundación Universitaria del Areandina – Sede Valledupar, Colombia / Instagram: @geoaventure_
Cuando pensamos en La Guajira, la primera imagen que nos viene a la mente es el desierto, la arena y la aridez extrema de la península. Sin embargo, este departamento esconde en su zona sur, formaciones de bosque seco tropical y coberturas densas que juegan un papel fundamental en la mitigación del cambio climático. Justo ahora, cuando el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible acaba de expedir el nuevo decreto de que reglamenta los mercados de carbono y da un plazo de dos años para que los proyectos se pongan al día en la plataforma RENARE, saber exactamente cuánto carbono tenemos almacenado dejó de ser un ejercicio académico para convertirse en una urgencia financiera y legal.

Para entender realmente qué está pasando con la cobertura vegetal del departamento, decidí ir más allá de los métodos tradicionales. Usualmente, cuando se quiere ver “qué tan verde” está una zona desde un satélite, se utiliza el Índice de Vegetación de Diferencia Normalizada (NDVI). Yo generé este mapa clásico utilizando imágenes de la constelación Sentinel-2 y lo reclasificamos en cuatro categorías, yendo desde el suelo desnudo (en tonos rojos) hasta el dosel forestal denso (en verde oscuro). El resultado visual es impactante y confirma esa transición abrupta entre el norte árido y el sur boscoso. Pero aquí surge un problema técnico grave: el NDVI mide la presencia de clorofila, no el peso de la madera. Para el NDVI, un pastizal muy verde después de las lluvias puede brillar tanto como un árbol de quince metros, creando un “espejismo” que sobrestima la capacidad real del ecosistema para capturar carbono.
Por eso, estructuré una metodología mucho más robusta utilizando la computación en la nube de Google Earth Engine. Si queríamos precisión, teníamos que mirar la vegetación con otros “ojos”. Primero, calculamos el NDRE, un índice que utiliza la banda del Borde Rojo (Red-Edge) del satélite. A diferencia del NDVI, el Borde Rojo penetra más profundo en las hojas y no se satura fácilmente. Al dividir este mapa en cuatro clases (desde biomasa inactiva hasta bosque maduro), nos dimos cuenta de que muchas zonas que parecían saludables en el mapa anterior, en realidad presentaban estrés hídrico o menor densidad foliar de la que aparentaban.

Pero las hojas son solo una parte de la ecuación; el verdadero carbono a largo plazo se guarda en la madera dura. Así que integré un tercer mapa utilizando Sentinel-1, un satélite de radar que envía pulsos de microondas a la Tierra. El radar atraviesa las hojas y rebota contra los troncos y las ramas. Reclasifiqué este mapa en cuatro niveles estructurales para diferenciar la arena lisa de los arbustos y, finalmente, de los troncos gruesos. El contraste aquí fue revelador: la Alta Guajira aparece casi toda roja por la falta de rugosidad, mientras que los enclaves forestales del sur brillan en tonos claros, confirmando dónde está la biomasa sólida.

Pero, ¿cómo logra un satélite a cientos de kilómetros de distancia pesar el carbono de un bosque? La respuesta radica en la física espacial y la biometría forestal. Los satélites no “ven” el carbono de forma directa; lo que hace nuestro algoritmo es calcular primero la biomasa aérea total. El radar de Sentinel-1 nos entrega la rugosidad y el volumen de los troncos, mientras que las imágenes ópticas del Borde Rojo ajustan ese cálculo confirmando si dicha estructura está viva y es fotosintéticamente activa. Posteriormente, utilizando ecuaciones alométricas rigurosamente calibradas para las condiciones del bosque seco tropical, el modelo convierte ese volumen físico en toneladas de materia seca. Siguiendo las directrices del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), aplicamos la regla de que aproximadamente el 47% al 50% del peso de esa madera seca es, efectivamente, carbono puro secuestrado de la atmósfera.
Con este cálculo de alta precisión, procedimos a clasificar el mapa en cinco categorías climáticas y financieras. Los umbrales no se trazaron al azar, sino que responden a la viabilidad económica de los proyectos de carbono actuales. Por ello, tenemos en tonos cálidos y de advertencia (rojos y amarillos) las zonas de nula o baja captura, es decir, aquellas que registran menos de 20 toneladas de carbono por hectárea. En la práctica, estos son suelos degradados o matorrales dispersos donde los costos legales y de auditoría superarían con creces los ingresos generados por la venta de bonos. En el extremo opuesto, iluminamos en azules profundos los sumideros más valiosos, aquellos que superan la barrera de las 45 toneladas por hectárea. Estas áreas representan núcleos de bosque estructurado que fungen como el gran pulmón de la región. Así, de un solo vistazo, cualquier desarrollador de proyectos o autoridad ambiental puede comprobar que el verdadero tesoro climático de La Guajira está altamente focalizado y demanda acciones de conservación inmediatas para ser inscrito en el registro nacional.

Esta transición de ver simples colores a cuantificar toneladas de biomasa nos deja lecciones críticas para el futuro inmediato del país. Con la entrada en vigor del nuevo marco regulatorio para los mercados de carbono, las exigencias de Monitoreo, Reporte y Verificación (MRV) se han vuelto implacables. Los desarrolladores de proyectos de mitigación ya no pueden depender de índices ópticos básicos que confunden un matorral verde con un bosque estructurado, pues esto genera riesgos de sobreacreditación que hoy en día son castigados por estándares internacionales y ahora, por la normativa nacional.
Es imperativo que las iniciativas que buscan certificarse bajo el nuevo esquema transitorio de RENARE adopten enfoques multisensores como el que demostramos aquí. La fusión de datos ópticos de alta sensibilidad y perfiles de radar democratiza el acceso a mediciones forestales de altísima precisión, reduciendo la necesidad de costosos inventarios de campo en terrenos de difícil acceso. Si queremos que las Soluciones Basadas en la Naturaleza no sean solo una promesa en papel, debemos empezar a medirlas con la rigurosidad tecnológica que el clima y la ley exigen hoy.

