¿Por qué creemos lo que creemos?

Por: Salvador Gaete Luque / Chile / Instagram: @estoesfilosofia_

 

Hay muchas razones para creer lo que uno cree, como creer por convicción, por tradición, por experiencia, etc. Pero no quiero centrar esta discusión en el fundamento antropológico o en el gnoseológico de nuestra creencia, sino en el epistemológico, es decir, en el por qué estamos seguros de que lo que creemos es lo correcto.  Y no me refiero a correcto como un concepto moral, moralista o moralizante, sino como contrario a erróneo, esto es, un concepto que se podría corresponder más con “verdadero” que con “bueno”. Esta discusión no es una que nazca con la primacía del método científico en el mundo de la ciencia y la técnica, sino que es tan vieja como la filosofía misma. De hecho, Platón en su obra Teeteto (datado aproximadamente en el 370 a.C.) intenta analizar los fundamentos de la doxa (opinión) y la episteme (conocimiento), para encontrar una episteme verdadera. Este texto concluye en que, si bien la posición verdadera justificada se acerca al conocimiento como tal, esta no es una verdadera fuente de conocimiento. Sin embargo, mantiene como recomendación final de Platón (en boca de Sócrates en ese texto) que el conocimiento debe ser estable, justificado y ligado a la realidad (diferenciándose de la simple opinión) y que a eso debemos apegarnos.

Esta noción, mantenida con una que otra interpretación según el pensador que la revisase, fue mantenida como tal hasta el pasado siglo, momento en el que la conceptualización de la creencia verdadera justificada (CVJ) encontró un verdadero obstáculo, un tropiezo en el rampante devenir histórico del conocimiento y la práctica científica. El enemigo a enfrentar era la propuesta del filósofo Edmund Gettier, quien en el año 1963 publicó un artículo de tres páginas titulado: ¿Es el conocimiento creencia verdadera justificada?, en el que argumentó que la definición mantenida hasta ese momento no era suficiente. Gettier mostró que hay casos en los que una CVJ puede fallar en ser conocimiento. Es decir, teniendo en cuenta que la definición histórica de CVJ se sigue como: “si S es un sujeto y p una proposición, entonces S sabe que p si y solo si:

S cree que p

p es verdadera

S está justificado en creer que p”,

Hay casos en los que estos requisitos se cumplen y, sin embargo, intuitivamente nos parece que no hay conocimiento. Traduciendo la definición, para mayor claridad conceptual, podría ser que un alumno crea que tiene una moneda de oro y esté justificado en ello (por ejemplo, porque parece exteriormente una moneda de oro), pero que realmente sea esta solo una imitación de chocolate. En ese caso, según la definición clásica, el alumno no posee conocimiento, porque falla en que sea verdad que tiene una moneda de oro. Pero supongamos también que dentro de la moneda de chocolate hay otra moneda más pequeña, pero real. Entonces el alumno cumple con los tres requisitos: cree que tiene una moneda de oro; está justificado en su creencia; y, de hecho, tiene una moneda de oro. Sin embargo, intuitivamente nos parece que el alumno no posee conocimiento, sino que solamente acertó (suerte epistémica).

Gracias a los experimentos mentales descritos por Gettier como contraejemplos para mostrar que hay “problemas” con las creencias verdaderas y justificadas, que satisfacen la definición tripartita de la creencia verdadera justificada, pero no parece que se trate de auténticos casos de conocimiento, entendemos que la definición de conocimiento como CVJ es errónea, y que es necesario un análisis conceptual distinto para definir al conocimiento. Uno de estos análisis puede fijarse en que la justificación es falible. Es decir, justifica de alguna manera la creencia, pero no es concluyente. Otro abordaje también es el factor del azar, ya que el estar activamente “adivinando” si algo es o no es vendría a delimitar esta discusión. Triangular estos dos abordajes podría justificar y sobrellevar la debilidad de una CVJ.

La tarea actual de la filosofía, en este respecto, consiste activamente en superar lo planteado por Gettier, encontrando diversas formulaciones. Por ejemplo, la búsqueda de la infalibilidad. Sin embargo, esta búsqueda puede llevar a un escepticismo estéril. También se ha buscado suprimir el azar, pero la discusión acerca de cuanta suerte es necesaria no ha producido resultados concretos. Suprimir la falsedad es otra opción para esta búsqueda, pero involucraría añadir nuevas creencias que pueden hacer que otras creencias necesarias se vuelvan irrelevantes. Otros proponen evitar la refutabilidad, pero eso implicaría que la relevancia de una verdad depende de otras, que la pueden finalmente debilitar. Otros, más optimistas, proponen analizar la causalidad, pero el problema de este análisis estriba en el conocimiento previo de hechos futuros, pues las causas no pueden causar el pasado. Sea cual sea la salida, este sigue siendo terreno fértil y abierto para la discusión filosófica, que nos hace volver constantemente a la pregunta inicial, pues no está decisivamente concluido el por qué creemos lo que creemos.

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Janier Molano

Interesante artículo, amigo Salva. Ese problema es muy pertinente y, tras leer tu análisis, me pregunto: ¿habrá una forma de dar una solución epistémica segura a los problemas planteados por Gettier? Aunque, como mencionas, se han presentado varias vías (infalibilidad, causalidad, etc.) para resolver sus contraejemplos, aún persiste la duda. O, en última instancia, ¿será que el azar es un elemento intrínseco que la lógica simplemente no puede domesticar?