SECCIÓN EDUCAR CIENCIA | Mayo 2026 — Revista Petroglifos | Fundación Ceres Por: Melkin Garzón Haad y Francy Ríos López – Colombia
Querido lector, imagina qué puede salir de la mezcla entre Zeus, Poseidón y Hermes. Zeus, el rey del Olimpo, dios supremo de la mitología griega. Poseidón, su hermano, señor del mar, los terremotos y los caballos. Y Hermes, hijo de Zeus, mensajero de los dioses, patrono de los viajeros, el comercio y la elocuencia. ¿Qué crees que puede salir de todo eso?
Pues sale alguien nacido de los orines en una piel de buey. Resulta que estos tres dioses se hospedaron en casa de un anciano llamado Hirieo, quien los recibió con generosidad y les ofreció lo mejor que tenía: sacrificó su buey más hermoso para alimentarlos. Al terminar el banquete, el anciano confesó su único deseo: tener un hijo, aunque nunca hubiera conocido mujer. Los tres dioses, agradecidos, tomaron la piel del animal que acababan de comer, orinaron sobre ella y le pidieron a Hirieo que la enterrara. Nueve meses después debía desenterrarla. Y así fue: de esa piel surgió un niño al que llamaron Orión, en memoria de los orines en los que fue engendrado.

Orión creció y se convirtió en el cazador más grande que haya existido. Hizo muchas cosas que no alcanzaremos a mencionar aquí, pero una de ellas no era precisamente su amor por la naturaleza. Un día prometió aniquilar a todos los animales de la Tierra. La Tierra, sin embargo, no estaba sola: tenía su propia diosa, Gea, quien se enfureció ante semejante amenaza. Gea hizo nacer un escorpión enorme y se lo envió a Orión. Empezó entonces una guerra de ida y vuelta entre los dos que terminó con ambos muertos. En honor a Orión, los dioses lo convirtieron en estrellas y lo colocaron en el cielo. Hicieron lo mismo con su gran contrincante, el escorpión — pero para que la historia tuviera sentido, para que ninguno pudiera acabar con el otro, decidieron que nunca estarían en el cielo al mismo tiempo. Cuando vemos a Orión, Escorpión está escondido. Cuando sale Escorpión, Orión desaparece. Una enemistad que dura para siempre, dibujada en las estrellas.
Ahora bien: ¿Cómo te sentiste leyendo ese cuento? Y si después de contártelo te señalo en el cielo dónde está Orión, y lo alcanzas a reconocer, y ves su cinturón de tres estrellas — las mismas que también llamamos las Tres Marías o los Tres Reyes Magos — y encuentras su espada apuntando hacia el sur, y buscas su cabeza hacia arriba, y descubres que tiene dos perros de caza que siempre lo acompañan, el Can Mayor y el Can Menor, y que en una noche verdaderamente despejada puedes ver incluso el arco donde coloca su flecha… ¿será que después de todo eso no recuerdas la constelación de la que estamos hablando?

Esa es exactamente la apuesta de la astronomía narrativa. Y es el punto de partida de todo lo que viene a continuación.
Existe un principio que quienes guían observaciones astronómicas conocen bien: antes de poner el ojo en el ocular de un telescopio, hay que poner los ojos en el cielo. Quien ignora este orden y recibe un telescopio en las manos antes de tiempo, termina apuntando a la nada — frustrándose, perdiendo el interés, convenciéndose de que la astronomía no es para él. El telescopio no es el inicio del viaje; es una escala intermedia. El verdadero punto de partida es la mirada libre, la oscuridad, el cielo abierto y, sobre todo, una buena historia.
Esta es la premisa que guía los procesos de observación que hemos desarrollado con niños y niñas, docentes, familias y comunidades de adultos mayores en distintas regiones del país. Y es también una invitación a repensar qué significa hacer ciencia cuando no se tienen recursos costosos, pero sí se tiene imaginación, territorio y la disposición de mirar hacia arriba.
Cuando invito a un grupo a observar el cielo nocturno por primera vez, la reacción más común es un silencio breve seguido de la misma frase: *”Solo veo puntos brillantes.”* Y eso está bien. Ahí empieza todo. Porque el cielo, antes de ser un mapa de datos, es una narración. Los seres humanos no inventamos las constelaciones para complicarle la vida a los estudiantes de astronomía; las creamos para poder organizar, dividir y recordar ese territorio inmenso que tenemos sobre la cabeza. Lo que los astrónomos llaman asterismo — la conexión imaginaria entre estrellas para formar una figura — es el mismo gesto cognitivo que hacemos cuando encontramos formas en las nubes. Es imaginación aplicada a la observación. Es ciencia construida desde la percepción. Y esta práctica tiene nombre desde la antigüedad: catasterismo, del griego katasterismos, que significa transformar seres y relatos en estrellas. Los griegos no memorizaron coordenadas celestes: contaron historias que hicieron imposible olvidar lo que estaban mirando.
Kieran Egan (1986) argumenta que la narrativa es una de las herramientas cognitivas más poderosas para aprender, porque organiza la información en estructuras que el cerebro humano comprende de manera natural: hay personajes, hay conflicto, hay resolución. Aprender astronomía a través de sus historias no es simplificar el contenido; es activar el mecanismo por el cual los seres humanos hemos transmitido conocimiento complejo durante milenios.
Hay un momento en las observaciones que siempre lo cambia todo. Después de mostrar a Orión — su cinturón, su espada, la Nebulosa de Orión, esa mancha de luz tenue que no es una estrella sino la cuna donde nacen — le pregunto al grupo cómo creen que nuestros antepasados indígenas del territorio cundiboyacense veían esas mismas estrellas. Porque ellos no veían a un guerrero griego con espada. Veían una ruana. Esa prenda que aún hoy se usa en esa región, extendida en el cielo, con su forma inconfundible. El mismo conjunto de estrellas, dos formas distintas, dos maneras igualmente válidas de leer el mismo cielo. Dos culturas que miraron hacia arriba y organizaron lo que vieron según sus propios mundos, sus propios cuerpos, sus propias geografías.
En ese instante, la astronomía deja de ser una ciencia lejana y se convierte en algo que les pertenece. Que siempre les perteneció.
Ausubel (1983) planteó que el aprendizaje significativo ocurre cuando la nueva información se conecta con algo que el estudiante ya sabe, siente o vive. Eso es exactamente lo que ocurre cuando alguien descubre que esas tres estrellas ya tenían un nombre en su propia cultura, que cuentan una historia que puede seguirse en el cielo como si fuera un libro abierto. Quienes aprenden el cielo de esta manera — con voz, con cuentos, con territorio — rara vez lo olvidan. La próxima vez que salgan en una noche despejada, van a levantar la cabeza. Y eso es lo que ninguna clase magistral sobre coordenadas celestes logra por sí sola.
No se necesita un telescopio para hacer astronomía. Se necesita oscuridad, paciencia, una historia y la disposición de mirar hacia arriba con los demás.
Si eres docente y alguna vez descartaste la astronomía por falta de equipos, este es el momento de reconsiderarlo. Sal con tus estudiantes una noche. Busca el cinturón de Orión — visible claramente desde nuestra latitud en Bogotá y en gran parte del territorio colombiano entre noviembre y marzo. Cuéntales que esas tres estrellas también son una ruana. Cuéntales que Orión nació de la piel de un buey. Pregúntales qué ven ellos. Déjalos conectar, imaginar, nombrar.
Porque el cielo no empieza en el telescopio. Empieza en los ojos, en las historias y en la imaginación de quien se atreve a levantar la mirada.
Referencias
- Ausubel, D. P. (1983). Psicología educativa: Un punto de vista cognoscitivo. Trillas.
- Egan, K. (1986). Teaching as story telling: An alternative approach to teaching and curriculum in the elementary school. University of Chicago Press.
- Hamacher, D. W. (2018). Observations of red-giant variable stars by Aboriginal Australians. The Australian Journal of Anthropology, 29(1), 89–107. https://doi.org/10.1111/taja.12257
- Jaramillo Arango, R. (2012). Astronomía en las culturas precolombinas de Colombia. Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH).

