Por: Salvador Gaete Luque / Chile / Instagram: @estoesfilosofia_
Se ha oído decir (al menos yo lo he vivido con decenas de colegas) que el científico tiene miedo de las anomalías. Y esta aseveración, cierta o falsa, tiene un fundamento bastante lógico: el objetivo de todo científico no es buscar fallas en su sistema o tesis, sino probar sus puntos. Entonces, si se le presenta persistentemente una anomalía, se les presenta “el demonio”: el enemigo final de sus anhelos metafísicos. Porque el científico de nuestra época, formado a nivel inconsciente en el falsacionismo ingenuo de Popper, no sabe afrontar tal piedra en el zapato. Sigue la directriz del maestro judeoaustriaco y echa por borda, ante el primer tropiezo, la tesis que le venía funcionando hasta el momento. Pero no puede estar más equivocado: confiar en que la ciencia progresa y se corrobora a sí misma mediante solo sus aciertos (tal como lo mencionaría Dawkins en una de sus famosas conferencias virales en la web) es una forma ingenua y, a la vez, pretenciosa de deductivismo disfrazado.
Disfrazado, claro está, porque se presenta solapado entre el conocimiento que ha sido generado mediante la conjunción hermosa de lógica general, matemática estadística, el ciclo armónico de razonamiento inductivo-deductivo-inductivo y la experimentación (cualquiera sea esta en alguna de sus formas), pero que termina siendo finalmente, una perpetuación general y, a nivel macro, de sistemas que ya sabemos que funcionan y que gustaría que siguieran funcionando tal cual por la eternidad. Porque, claro está, el ser humano es un ser de costumbres, le aterra, en mayor o menor medida lo novedoso y ha evolucionado para evitar novedades que alteren su cosmovisión. Pero esa es otra discusión.
Anomalías siempre van a existir, eso es un hecho y no hay que complicarse tanto con su existencia. Su mera aparición solo evidencia algo que, al humano, en general, le complica: la falta de certeza total. Y es que es muy incómodo presentarse (ante uno mismo o ante la audiencia) como un especialista que no sabe, pero nada más alejado de la filosofía general de la ciencia, la cual debiese estar regida por el siguiente aforismo: “sabemos lo que sabemos, y lo que no sabemos, no lo sabemos”. Pero aquí se presenta otro fantasma del pasado, el verificacionismo, que sigue presente, inconscientemente en la imaginería y doctrina popular de los científicos. No nos gusta presentarnos como desconocedores porque debemos saberlo todo; no podemos asumir que el conocimiento científico no tiene todas las respuestas porque eso daría pie a las miles de conspiranoias y seudociencias que buscan justificarse en esta falacia ad ignorantia y no nos gusta asumir que desconocemos porque, volviendo al principio, eso podría echar por tierra nuestra amada teoría. Y es que el problema de las anomalías se presenta como un desafío en todo el amplio sentido de la definición: es una adversidad, pero como tal, debiese ser sorteada. No solo es algo que nos pone freno, como vería a primera vista el incauto, sino que es un reto, primeramente, a nuestro orgullo filosófico y, posteriormente, a nuestra propia cosmovisión.
Una anomalía puede deberse a varios motivos. Puede presentarse, por ejemplo, porque la medición del objeto no era la correcta, porque el investigador estaba sesgado, porque la fuente era defectuosa, porque fallamos en el análisis crítico, etc. El verdadero problema no es la presencia de la anomalía, sino su recurrencia. Y es aquí donde se pone entretenida la búsqueda del porqué de esa anomalía, puesto que tal recurrencia es casi imposible que se dé por la falla de los elementos anteriores. ¿qué tal si solo estamos ante una excepción a la regla? Pues la teoría debería contar con la explicación viable a tales excepciones. ¿qué tal si estamos ante aquello que nos desacreditaría?
Porque una predicción que no se cumple hace falso al profeta. Entonces, ¿Cómo proceder? Para Kuhn, las anomalías son síntoma de la crisis de un paradigma, algo que está a punto de estallar. Para Lakatos, las anomalías son normales, algo que no entendemos en el momento de revisión y que pueden ser ajustadas a nuestro programa mediante hipótesis auxiliares, ya que nos habla de cosas nuevas. Para Quine, una anomalía nunca es un error ontológico, sino que es una señal de que el sistema (teoría) debe ajustarse más, puesto que, finalmente, es un conflicto en la red de creencias (compromisos ontológicos). Hay muchas formas de proceder ante una anomalía, puesto que una teoría puede sobrevivir muchas anomalías si es una teoría realmente fértil (como el caso de la teoría de la evolución darwiniana). Lo que sí debemos tener en claro es que no podemos abandonar una teoría solo por la presencia de una o más anomalías.
No hay un criterio único y universal al respecto, pero sí podemos ajustarnos a los siguientes criterios: si la teoría posee suficiente poder explicativo, coherencia, fecundidad, simplicidad, ajuste empírico, consenso crítico, entre otros, solo ahí podemos tomar la decisión final sobre qué hacer con la teoría. No obstante, por donde debemos comenzar sí o sí es en el enfrentarnos a la anomalía, no pasarla por alto. Nadie va a dejar de ser menos filósofo ni menos científico si admite la existencia de una anomalía. Su mera existencia no asesinaría la reputación del investigador. La anomalía solo es prueba de que se está haciendo ciencia. Y si en algún momento, pareciera ser que la sola existencia de la anomalía atenta contra la vida de nuestra teoría, solo queda recordar el gran adagio nicheano: “Lo que no me mata, me hace más fuerte”.

