Por: Enrique Urrea Sepúlveda, 81 años / Fundo Nuevos Aires, Ponotro – Cañete, Chile / Instagram: @enriqueurreasepulveda
Hubo un gran incendio en la zona centro-sur de Chile. Los expertos de la unión europea lo denominaron: “tormenta de fuego”; y de acuerdo a su magnitud, debieron calificarlo como de “sexta generación”, el tipo más destructivo.
Con los incendios, hemos acallado los trinos del bosque, y la voz de la fauna desapareció la carpeta verde, quedando solo cenizas y arena. Los técnicos dicen que fueron destruidas 520.000 hectáreas de las cuales 90.000 corresponden al bosque nativo.
Todo este sistema natural entró en crisis: se modificaron los ciclos de vida, cambió el hábitat, se alteró la calidad y cantidad del agua, y la atmósfera se contaminó. Asesinamos la fauna edáfica, como: bacterias, hongos, virus, nematodos, mohos, lombrices, gusanos e insectos, maravillosos seres subterráneos y humildes, transformadores y creadores del suelo, vida y fertilidad.
Antes del incendio, muy pocas especies, quedaban ocultas en las quebradas, se trataba de importantes endemismos, únicos en el mundo, casi todos, en “peligro crítico” de conservación, que el fuego no respetó, así tenemos: ruil, bellotos, pitao, queule, hualo.
La palma chilena representa una herencia vernácula y folclórica de la zona central, de ella se extrae la exquisita miel de palma y la deliciosa chicha. Esto da trabajo a importantes sectores de la agricultura familiar campesina. Pero 1.200 hectáreas de palma fueron quemadas.
El bosque, sotobosque, matorrales, pastizales, y humedales fueron sacrificados por pirómanos desnaturalizados y empresas irresponsables.
El cordón de Cantillana, la rinconada de toquil, el parque nacional conguillio, la reserva nacional del yali nos miran desde sus tocones quemados y muñones renegridos, con su verde esperanza mirando al cielo, como pidiendo protección divina, nosotros mientras tanto, nos acusamos unos a otros. El país vive un estado primitivo, frente a las calamidades; vivimos cotejando la muerte y de vez en cuando, nos damos un atracón de adrenalina, pretendiendo sacudir la incompetencia administrativa y jurisdiccional.
Todo esto tiene una relevancia global ante la conservación de la biodiversidad, en niveles de perturbación muy importantes e impactantes y el bosque no acusa a nadie, prefiere irse en silencio, las semillas, los brotes y renovales, el futuro de las repoblaciones futuras, no serán posibles.
Los frutos silvestres: piñones, avellanos, mutilla, maqui, chupones, nalcas, digueñes, zarzamoras, changles, callampas, etc. No estarán disponibles para la alimentación de importantes sectores rurales y para la venta en mercados y ferias, que permitirán llevar el pan a la mesa.
Innumerables plantas medicinales como: oreganillo, melisa, poleo, menta, entre otras recolectadas para la farmacopea popular y que servían para curar, pero también perecieron. Entonces, ¿cuánto deberemos esperar para volver a utilizarlas? La naturaleza se toma su tiempo, y el hombre con un simple fósforo quema irresponsablemente todo.
Si pegamos el oído a la tierra quemada, escucharemos sus voces telúricas y sus lamentos gastrálgicos gritándonos, “asesinos, asesinos”. Destruimos miles de años de bancos genéticos y por nuestra conciencia, pasarán como en un caleidoscopio, sus cuerpos destrozados y calcinados. Ya no veremos las campanitas rojas de los chilcos jugar con el viento cordillerano, y no nos asombrará el maridaje perfecto del copihue eternamente abrazado al avellano, la belleza prístina de las orquídeas, o la suavidad primigenia del musgo. En su lugar dejamos la erosión y desertización, que inexorablemente, producirá el arrastre del suelo en sedimentaciones y embanques, en dunas y médanos, altamente invasivos y destructivos.
Cuando uno vuelve al bosque después del incendio, resulta tétrico ver muchos árboles quemados que aún se mantienen en pie, sostenidos por gruesas lianas que los abrazan, y en tiempos normales, esas grandes lianas trepan a lo alto de la selva, y cuando el cielo se pone su manto de estrellas las flores allá en lo alto, entablan un parloteo intergaláctico con las estrellas, y entonces entre las lianas y los centenarios troncos, se produce una misteriosa simbiosis, el árbol le inyecta su sabia primigenia, y las lianas le traen polvo de estrellas, y pasado el incendio todo vuelve a la normalidad, es decir, seguimos degradando nuestro medio ambiente y comiéndonos estos garrones sin solución de continuidad.
Los técnicos medirán los daños en miles de hectáreas destruidas y millones de dólares en pérdidas, pero hay algo intangible que no puede medirse.
¡¿Cuánta belleza matamos?!
¡¿Cuánta poesía?!

