Nuestra irrelevancia: La necedad de sentirnos únicos

Por: Iván J. Cerdeña Macías – España / Instagram: @divulgandolaciencia

Hay una idea profundamente incómoda que parece evitamos a toda costa: no somos especiales. No lo somos a escala cósmica, ni histórica, ni siquiera psicológica. Vivimos en un universo que es indiferente a nuestra existencia, regido por leyes físicas que no saben que existimos, y al que (seamos honestos) no le importa en absoluto nuestra biografía, nuestro sufrimiento o nuestras ganas de sentirnos únicos o especiales. La vida no es un premio, es un accidente estadístico. Y aun así, nos empeñamos en construir una narrativa en la que, de alguna manera, tenemos que ser distintos, excepcionales, señalados e incluso creernos especiales.

Quizá por eso proliferan las etiquetas. No tanto para explicar, sino para proteger. Para no disolvernos en la masa. Para no aceptar que muchas de nuestras dificultades no nos hacen especiales, sino simplemente humanos. En lugar de asumir la incomodidad de la mediocridad estadística, preferimos refugiarnos en categorías que nos salven del anonimato existencial en el que estamos por puro azar.

En los últimos años esto se ha vuelto especialmente evidente con ciertas modas identitarias. El auge de las Personas Altamente Sensibles, los therians, o el autoetiquetado constante al que nos sometemos, los autodiagnósticos emocionales compartidos como cartas de presentación. No se trata de negar el sufrimiento ni las diferencias individuales (eso sería intelectualmente deshonesto), sino de señalar algo más incómodo: la necesidad desesperada de diferenciarnos para no enfrentarnos a la insignificancia.

El caso de las PAS es paradigmático. El concepto, popularizado por Elaine Aron, partía de una idea razonable: existen diferencias en la sensibilidad, en el procesamiento emocional y sensorial. Hasta ahí, ningún problema. El conflicto aparece cuando el rasgo se transforma en identidad, y la identidad en una especie de superioridad moral encubierta. Sentir más pasa a significar comprender más, sufrir más, ser más profundo. Y, por tanto, el mundo se convierte en el problema: demasiado ruidoso, demasiado bruto, demasiado insensible para alguien “como yo”. Una externalización de manual.

Lo que en realidad suele esconderse detrás no es una mayor profundidad, sino una dificultad para tolerar la frustración, el conflicto y la adaptación. La etiqueta no explica la experiencia: la justifica. Y, de paso, nos exonera de responsabilidad. Si no encajo, no es algo que deba trabajar; es que el mundo no está hecho para mí y el mundo de cambiar (como si significásemos algo para el mundo).

Algo similar ocurre con fenómenos como el therianismo. Más allá de lo anecdótico o lo llamativo, resulta psicológicamente revelador. Cuando ser humano se vive como una carga (confusa, contradictoria, exigente), la fantasía identitaria ofrece una salida simbólica. El animal no duda, no fracasa socialmente, no se cuestiona su lugar en el mundo. No tiene que construir sentido. No tiene que hacerse cargo. No es tanto una identidad como una renuncia a la complejidad humana.

El autoetiquetado constante cumple, en el fondo, una función muy clara: anestesiar el vértigo existencial. Porque aceptar que no somos especiales implica asumir que nadie nos debe nada, que no hay un guion previo, que nuestra vida no tiene sentido por defecto. Y eso da miedo. Mucho más miedo que agarrarse a una categoría que nos diga quiénes somos y por qué nos pasa lo que nos pasa.

La paradoja es que solo cuando aceptamos que no somos especiales podemos empezar a vivir con cierta honestidad. Si no soy único por decreto cósmico, entonces mis errores no son tragedias universales, mis limitaciones no son injusticias metafísicas y mis logros no me colocan por encima de nadie. La insignificancia, bien digerida, no aplasta: libera. Nos devuelve a la responsabilidad, al compromiso y a la acción concreta. A dejar de mirarnos constantemente y empezar a preguntarnos qué hacemos con el tiempo limitado que tenemos.

Tal vez la verdadera estupidez no sea ser insignificantes en el universo.

Tal vez la verdadera estupidez sea negarlo… y convertir esa negación en identidad.

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