Por: Natalia Herrera Arias – Costa Rica / Correo: herreraariasnatalia@gmail.com / Instagram @flornatalilla

Anteriormente les introduje un poco al tema de sostenibilidad, puede que a muchos de los lectores y lectoras les haya surgido la pregunta de ¿Qué puedo hacer entonces para tener un estilo de vida más sostenible? El abordaje se puede realizar desde una perspectiva reduccionista con respecto al impacto que generamos en el medio ambiente, aquí es donde entra la huella de carbono.

La huella de carbono básicamente es la forma de medir y cuantificar los gases de efecto invernadero (GEI) que emiten las diferentes actividades que realizamos y que afectan de forma directa o indirecta al cambio climático. En este caso lo que nos interesa son las fuentes antropogénicas de GEI, en otras palabras, únicamente lo que nosotros los seres humanos causamos y que está bajo nuestro control de forma personal; prácticamente todo lo que hacemos se traduce en GEI que emitimos a la atmósfera y lo importante es que se puede reducir.

Primero analicemos el estilo de vida actual estándar que se caracteriza por tener una huella de carbono alta. Encabezado por la sobreproducción que satisface al consumismo, uso de recursos naturales de forma inconsciente y mala disposición de los residuos generados. Nuestra sociedad se ha cegado por todo lo que nos han hecho pensar que necesitamos, pero en realidad no son más que patrones de vida que nos han inculcado y hecho creer que es lo que debemos seguir y tener para avanzar. ¿Evolución o retroceso?

Ahora, tampoco estoy incitando a que todos regresemos al campo y renunciemos a la sociedad actual (aunque no es tan mala idea), sino reivindicar lo que significa la sociedad moderna de forma que vivir en ciudades y mantener cierto estilo de vida no implique seguir contribuyendo tan arduamente al cambio climático y al desequilibrio del medio ambiente en general. Por lo cual voy a proceder recordar conceptos que todos conocemos pero que nos resistimos a aplicar y que son fundamentales cuando se trata de reducir nuestra huella de carbono.

Reducir:

No importa lo que hagamos, compremos o cambiemos si no nos esforzamos por reducir. Reducimos cuando se decide no comprar algo que queremos porque no lo necesitamos, al evitar a toda costa los productos desechables o de mala calidad que no permitan un uso prolongado en el tiempo, limitar adquirir productos que requieran de mucho empaquetado y cualquier otra acción que resulte en un residuo a corto plazo.

Acá también podemos incluir reducir la compra de productos importados, ya que siempre debemos intentar consumir de forma local y según temporada para apoyar la economía y también reducir el uso de transporte con combustibles fósiles en distancias cortas y siempre que sea posible.

Muchas veces también, reducir no necesariamente implica un resultado visible físicamente en forma de residuo, si no que se representa en el ahorro de dinero en la factura de nuestros servicios básicos, que para poder hacer uso de ellos también se ve envuelta toda una serie de emisiones de GEI; por ejemplo, cuando reducimos el desperdicio de energía al desconectar electrónicos luego de usarlos o al no dejar cargando la computadora y el celular después de alcanzar el 100%, que son hábitos para la eficiencia energética. Y por supuesto cuando cerramos el grifo y utilizamos menos agua en nuestras actividades diarias.

Reusar:

Esta es probablemente la parte más sencilla de realizar, pero la que más prejuicio conlleva debido a que hoy en día todo lo queremos nuevo. Reusamos cuando aprovechamos un producto todo lo que su vida útil lo permite, como la ropa, los zapatos y los aparatos electrónicos; y si ya no cubre nuestras necesidades, se puede regalar o vender a quien sí le pueda servir. Otra forma de reusar es utilizando nuestra creatividad con artículos de funcionalidad versátil, como los recipientes de vidrio que sirven para almacenar muchas cosas.

También reusamos cuando de verdad necesitamos comprar algo y podemos adquirirlo de segunda mano, brindando una segunda oportunidad a lo que todavía se encuentra en buen estado. Y si inevitablemente no tenemos otra opción más que comprar algo nuevo por verdadera necesidad, intentar que sea un producto de buena calidad que nos permita usarlo por mucho tiempo repetidas veces, aunque a veces eso pueda implicar invertir un poco más de recursos.

Reciclar:

Se nos ha hecho creer que porque un producto es reciclable podemos estar tranquilos, pero hay que tomar en cuenta el hecho de que el proceso de reciclaje también requiere del uso de combustibles, electricidad y agua para el reaprovechamiento de los materiales, por lo tanto, más emisión de GEI.

Además, técnicamente todos los materiales son reciclables en algún grado, pero lamentablemente en la mayoría de los países no hay centros de reciclaje que reciban todos los materiales catalogados como reciclables; tal es el caso de los plásticos, que generalmente los más reciclados son los de tipo 1 y 2 pero el resto (del 3 al 7) se terminan enviando a los rellenos sanitarios porque son tipos de plásticos que no son rentables para reciclar.

Esta es la razón por la que enviar a reciclar es la última opción que debemos considerar cuando no fue posible reducir ni reusar. Ciertamente, reciclar aun es mejor opción que la utilización de materia prima para seguir produciendo y satisfacer la demanda y por ello siempre es necesario realizar la correcta separación de nuestros residuos reciclables y valorizables para enviarlos a un centro de acopio cuando se puede de forma responsable.

Estos tres principios principales son acompañados por muchos otros como rechazar, evitar, transformar y todos los que se nos ocurran que se puedan adaptar a nuestro contexto socioeconómico, porque reducir nuestra huella de carbono para acercarnos hacia la sostenibilidad no se trata de realizar cambios perfeccionistas; cualquier hábito que podamos implementar por más pequeño que sea, es esencial para generar un cambio.

Es comprensible que los cambios que podamos hacer de forma personal parezcan que tienen un efecto imperceptible en comparación con los impactos que se están generando industrialmente a gran escala, pero empezar cada uno de nosotros a implementar estos cambios en nuestro estilo de vida, es revolucionario ante los patrones de vida normalizados porque cambia la demanda y el efecto positivo se vuelve contagioso y expansivo.

Natalia Herrera Arias

Natalia Herrera Arias

Estudiante de Ingeniería en Gestión Ambiental (UNA) | Costa Rica | 21 años
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